¿De qué te enamoras cuando te enamoras? Planeaba un escrito en forma de conversación, como una correspondencia inefable entre llantos y silencios, mas no. Por otro dejo, de confesiones ya tengo suficiente, aunque también es verdad que hablar de algo parecido me posicionaba como una pequeña hereje frente a San Agustín. Por otro lado, inventar historias me viene mal últimamente; implican pensar y ser consecuente, cosa que tampoco hallo en mi propia voz, mucho menos en mis letras. ¿Cómo decir lo que quisiera decir? ¿Por qué aferrarme a explicarte las cosas? Simples errores, metidas de pata que culminan en la desesperación, en el amarre del orgullo que nos gusta ostentar y del que no nos soltamos si no recibimos algo a cambio; un elogio, un beso o un te extraño, sin condiciones.

Largas caminatas e interminables merodeos que preceden al lúcido discurso del elocuente. Hablan mucho quienes tratan de convencer, y para ello es preciso conocer bien la naturaleza de las cosas, el interior y la potencia de las semillas que germinan en actitudes acertadas o reprobables. ¿Cómo hablarte de lo que sabemos que no es necesario explicar? ¿Cómo continuar tu silencio si nos imaginamos por separado? Un principio: de la pregunta inaugural, sé bien que es lo que te hace falible. Cuando estudiaba historia siempre me dejaba un sabor amargo leer y pensar que este entramado se repite una y otra vez, que el mimbre con que se tejen nuestros pasos cambia con el tiempo, madura y del verde pasa al amarillo, pero su raíz fibrosa y persistente siempre es la misma: la ruina que la humanidad lleva consigo. ¿Qué nos conduce a provocar tanto daño? Para mí este es el principal motivo de la religión, luego, de la filosofía. Hoy alimentamos este discurso con una falsa idea de la ciencia, pero ¿a quién le interesa ya hablar de eso? Me gusta recordar que la modernidad ahora es un mito. Por lo menos hoy, no tocaré esas dolosas melodías. En fin, tranquilamente, regresamos al punto en que la corruptibilidad no viene de afuera, sino de las brasas internas que nos ensartan en la llama de la tiranía. Entre la miseria que alimentamos y nos hace merecer la tilde de humanos, ¿qué nos hace seguir? Por mucho tiempo odié la palabra «esperanza», puesto que esperar, o lo que ella aduce, me parecía familiar a la contemplación zángana de la huida sin freno al propio desfiladero; esperar remite a la idea religiosa de poseer una fe que, aún sin encontrar motivos claros, se aferra a creer que algo saldrá como es deseado. Pero ¿qué deseamos? ¿de qué tenemos fe o esperanza? Si no es al desfiladero, ¿adónde habría de ir este camino perezoso? Esperar y creer eran para mí terrenos inhóspitos dentro de mi propia percepción de las cosas, en cuanto que no podría hablar de mejorar cualquier circunstancia… Pero como ocurre con todo lo que no ves venir, con lo que no te esperas, un día apareces frente al espejo como el saco de carne y huesos que te aterra ser, y esperas, sin más, no dejar de esperar. Esperas vivir: errar y ser humano.

… De lo demás, como siempre, me gusta hablar y hablar de todo diciendo nada. Palabrería que se lleva el viento, lenguaje adscrito a las circunstancias inacabadas… Una fonética de lo impronunciable. Una melodía que resume la esperanza.