Marcó tres veces al número que le había dado Joana. En el hotel no hacía tanto frío como afuera, a pesar de ser noviembre y no tener calefacción el cuarto.
—¿Entonces qué hacemos? Tenemos sólo una noche aquí y, además, es 2 de noviembre. No podemos quedarnos en el hotel.
—Pues sí, es día de muertos, pero aquí no se celebra nada de eso.
Julia hizo un último intento al marcarle a Joana, esta vez, tecleando un código local diferente.
—Nada, ya está, no contesta el celular. Ella me dijo que estaba en la Ciudad, pero a lo mejor no quiere salir. Tengo el teléfono de Marta, la chica que conocimos la otra tarde. Ella salía con Carlos, quien llegó con Rafa a nuestra cita exprés cerca del centro. ¿Te acuerdas de él, Nuria?
—¡Sí! Y muy chistoso ese Rafa, no paraba de bromear con el café y las calaveritas de azúcar que le regalaste.
—Puedo escribir a Marta y preguntarle qué nos recomienda hacer hoy en la noche. Ella vive aquí, y seguro sabe de algún lugar para pasarla chido.
—Pues inténtalo, pero si ya no responde lo mejor es quedarnos aquí…— Todos asintieron. Julia no quería permanecer en la habitación la única noche que pasarían en Lisboa, mucho menos si se trababa de un 2 de noviembre.
—Marta me dijo que tenemos dos opciones: la primera es ir a un pequeño bar cerca de la Plaza de Comercio; dice que habrá un concierto de jazz y suena tranquilo; por la dirección que me ha dado, ese lugar nos queda cerca, a 15 minutos caminando. La segunda opción es ir a una fiesta cerca del Miradouro do Castelo de São Jorge, que nos queda cuesta arriba y a media hora caminando; no conocemos esos callejones.
—Entonces ya estuvo, vayamos a escuchar jazz. Nos queda cerca del hotel y será algo tranquilo. El vuelo es mañana por la mañana y no creo que quieran volver a perder el avión.
Salieron todos abrigados. El frío no era tan fuerte, pero el viento y la humedad del mar lisboeta golpeaban sus rostros desanimados. Mientras caminaban al bar donde sonaba el jazz, se dieron cuenta de que aquel barrio era mucho más solitario de lo que pensaban. Al llegar se sorprendieron de ver que se trataba de un pequeño local sin más luz que unos neones verdes que alumbraban parte de la banqueta y sólo un poco más del interior del bar. El concierto terminaba cuando ellos comenzaban a instalarse sobre los sillones viejos de polipiel.
—Ya ni para tomar una cerveza. Mejor vámonos.
—Estamos todos afuera, es mejor ir a ver cómo está la fiesta. Aquí no hay nadie disfrazado, pero tal vez allá esté más animado.
—Sí, ya estamos en la calle. Además caminando se nos quita el frío. Julia, ¿queda muy lejos de aquí la fiesta?
—Parece que no. Hay que subir por esas calles y doblar a la derecha en la última pendiente.
Caminaron un poco más de media hora, y mientras más avanzaban más crecía su desgano por encontrar algo divertido. La calles se encontraban desiertas, cosa que para ellos era por demás extraña, viniendo de una cultura que el 2 de noviembre celebra por todos lados la fiesta de los muertos.
—Se supone que es en aquélla casa, pero se ve todo muerto…
—Vamos a tocar, a ver qué pasa. Tal vez la fiesta es adentro y no se escucha nada hasta acá.
—No creo. Parece que este edificio es una tienda de recuerditos, y obviamente ya está cerrada. ¿Qué hacemos? Regresemos a dormir.
—¡Son las 10 de la noche! Deberíamos buscar otra cosa, aunque no sea lo que nos ha recomendado tu amiga Marta, que ya ves que no tiene tan buen gusto…— De la nada, Nuria hizo una breve pausa y caminó unos pasos más sobre la calle. Se encontró con un callejón escalonado, aunque muy oscuro, y luego lanzó un grito. —¡Aay! ¡Creo que ya encontré la fiesta! Hay algunas personas allá abajo. Parecen chavos, y creo que están fumando mariguana. ¿Les preguntamos si saben algo, o si ellos son la fiesta?
—Anda, vamos. Acompáñame.— Julia caminó con Nuria hacia el callejón para preguntar de lejos si ellos sabían algo.
—Boa noite! Disculpa, a gente está procurando uma festa, você sabe disso?
—Jajaja, o seu sotaque parece brasileiro, eu sei onde está. Venha, por aqui.
Les había contestado Diogo, un chico disfrazado. Con un poco de maquillaje blanco en el rostro y delineador negro en los ojos, simulaba ser un payaso muerto sin dientes, y tan pronto como estuvo junto a ellas, Julia, se sintió un poco avergonzada de su mal portugués. Asintió con la cabeza al llamado de Diogo y le dijo: —Vengo con mis amigos. ¿Podemos pasar todos? ¿Cómo te llamas?
—Meu nome é Diogo. E claro, não há problema!
Diogo entró por una puerta lateral de la tienda de recuerdos a la que habían llegado minutos antes. Los amigos de Nuria y Julia iban desconfiados por aquel encuentro inesperado, y no sabían si seguir la pista de aquel payaso.
—¡Vamos, que ya encontramos la fiesta!—Gritó Misael a los demás mientras todos entraban detrás de Diogo. Después de pasar por la pequeña puerta comenzaron a bajar varios escalones que les conducían a una terraza llena de plantas y luces de navidad blancas. Todo parecía muy tranquilo. Comenzaban a buscar lugar para acomodarse cuando Diogo les advirtió: —¡No es aquí!— para que continuaran detrás de él. Nadie del grupo de los amigos de Nuria hablaba entre sí, y sólo veían de reojo a unos cuantos chicos disfrazados con ropas extravagantes fumando junto a las plantas. Rodearon la terraza y se encontraron con un tragaluz que dejaba entrever que, un nivel más abajo, estaba la fiesta. Bajaron el último tramo por unas escaleras ubicadas a los costados del tragaluz, y pronto se dieron cuenta que habían llegado a una biblioteca subterránea. Todo estaba oscuro, y por las vidrieras del techo entraba la poca presencia de las luces de navidad de la terraza; un par de focos color rojo también alumbraban el escenario donde una banda pasaba de tocar post-punk y new wave a funk y swing. Todas las personas de aquel lugar parecían sacadas de los libros de la pequeña biblioteca. Con poco maquillaje y atuendos exagerados, todos bailaban al ritmo de cualquier canción que sonara al tiempo; improvisaban con todo lo que había al rededor del cuerpo e inventaban coreografías entre unos y otros. En el lugar, viejas lavadoras, sillas de dentista y peluqueros, toca discos y botes de basura antiguos, simulaban ser las sillas y sillones donde cualquiera podía sentarse a descansar. Diogo los dejó y se puso a bailar con Susana, una mujer-payaso que reaccionaba en la pista ante cualquier estímulo de sus compañeros.
—Aquí sí hay fiesta, ¿eh?— dijo Emiliano a sus amigos mientras abrazaba a Jessica y se ponía a bailar con ella. Gabriel comenzó a tomar un par de fotografías mientras no dejaba de moverse con la música, que los arrastraba a todos en una especie de ritual de iniciático. Misael y Nuria comenzaron a bailar y a apreciar a los músicos que parecían sacados de una película de Tim Burton, no más que los mismos Tiger Lillies. Julia bailaba sola mientras especulaba sobre el misterio que la seducía de aquel lugar; le causaba curiosidad de qué se trataba todo ese escenario donde los desconocidos y su cambiante multiplicidad eran cuerpos libres intercambiándose en cualquier punto; todos eran uno y otro decididos a entrelazar su energía sin tocarse, moviéndose bajo el pleno control de sus extremidades. Ella se sintió aprisionada.
—Es una escuela de circo y esta es nuestra biblioteca. Yo hago clown y me gusta la danza aérea. ¿De dónde son, cómo llegaron aquí?— Preguntaba Diogo a Julia.
De la preocupación de no poder dormir lo suficiente antes del vuelo, salieron rápido de la fiesta. A las 1:30 am ya se encontraban de vuelta en el hotel; se habían divertido y todos coincidieron en que aquella fiesta había sido pura suerte; durmieron pronto.
Durante el vuelo, Julia recordaba que unos días atrás, «antes que la noche se unciera su vestido de luto», habían caminado ella y Carlos cerca del malecón. Iban con Marta, Rafa, Nuria y Gabriel, quienes jugueteaban y hablaban sobre el regreso en tren a Cascais, un poblado a 20 minutos de Lisboa. Mientras Carlos le hablaba de una segunda despedida, ella pensaba que aquella ciudad aún tenía algo más que darle, aunque no sabía de qué se trataba. En el cielo, durante la travesía nebulosa, supo que no habían sido las natas y el café del centro, ni la nostalgia de las calles adoquinadas, o siquiera el recuerdo de Pessoa y algunos fados que le tocara Carlos con la guitarra… La posibilidad de ser una y otra persona distinta cada vez, el trueque de máscaras y la maleabilidad de los rostros de aquella noche en Chapitô, fueron lo que le dio la razón al éxtasis de felicidad que había experimentado la tarde del malecón, como un resquicio de luz que asomaba de la puerta recién abierta, aquel viaje, esa noche, en la estación del tren.
