«Perdón que siempre sea así», me dijo la última vez que lo vi mientras salía de su casa de madrugada para ir de viaje; por entonces, todavía hacía mucho frío en aquellas montañas. En cuanto salió, me tapé con sus sábanas grises y las cobijas rojas; temía no calentarme ahora que se había ido, y caía lentamente en mi sueño mientras pensaba en lo que me había enseñado aquella noche. Esta vez él se había llevado sus llaves, y recuerdo que pocos minutos después de cerrar la puerta, me quedé dormida.
Nuestra historia ha sido más un albur que encuentros afortunados. Durante mucho tiempo sus grandes ojos color verde-avellana me pusieron nerviosa y me ponía roja siempre que me saludaba, sobre todo cuando se pintó el cabello de color verde. Dejamos de vernos cuando teníamos 18 años, y de ahí en adelante era el grito de uno o del otro el que nos hacía encontrarnos entre grandes avenidas o incipientes callejones. Sobresalto, mucha alegría y un adiós, con la esperanza de vernos pronto otra vez.
Aquel día estaba inquieta; me acababa de cortar el cabello y me sentía eufórica, sin dejar de lado mi sesgo ansioso. Hablé con un par de amigos y quedamos en ir a cenar a un lugar de comida japonesa; al terminar de comer, uno de ellos proponía irnos a un bar, mientras que el otro se retiraba para ir a trabajar con su Uber. Insistí al primero de ellos en ir a bailar, pues no quería regresar temprano a casa, pero tampoco me parecía atractivo ir a sentarnos a algún lugar y sólo beber. Cuando llegamos al sitio que le sugerí compramos un par de whiskys y comenzamos a movernos un poco; yo disfrutaba la música aunque mi amigo me recordaba que ya se sentía un poco cansado, así que le propuse sentarnos un momento, bailar un par de canciones más e irnos a descansar. Mientras estábamos sentados veíamos a un conglomerado de personas amontonarse sobre la barra pidiendo cervezas y otras bebidas, y fue entonces que vi a un conocido personaje de YouTube. No suelo prestar atención a esas personas, pero ese chico me gustaba, y mientras contaba de ello a mi amigo, vi que detrás de dicho personaje se encontraba él, a quien de hecho, me había encontrado un par de semanas atrás, por la tarde, cerca de mi trabajo. En aquella primera ocasión él me había sorprendido un poco triste, por lo que me había saludado con una efusión que pronto pasó al asombro: «Me voy a Barcelona en unos días, a ver si regreso y nos vemos»; se fue. Esa noche de sábado me contó que venía de trabajar y que sólo quería despejarse y bailar; mi amigo insistía en irse, así que sí, se fue pronto. «En un rato viene Armando», quien es un amigo suyo también muy querido por mí; a él tenía años de no verlo, así que decidí quedarme con ellos un poco más. Sonaba algo de new wave y post-punk mientras nosotros bailábamos sin control, moviendo las rodillas hasta el suelo y abriéndonos espacio entre varios desconocidos; hacía mucho tiempo que no experimentaba la reciprocidad de un ambiente de gozo sin la carga de algún tipo de temor a hacer el ridículo. Ya un poco borrachos decidimos, junto con otros amigos suyos, irnos a un karaoke del que nunca escuchamos a nadie cantar, y en el que a pesar de esa rareza, seguimos bailando y poniendo canciones que evocaban un periodo ochentero que no nos tocó vivir, pero disfrutábamos mucho. Hubo un momento de pausa en que, yo recargada sobre la barra y él de pie, al otro lado, me miraba en picada cuando preguntó «¿por qué no nos habíamos visto antes? ¿Ya ves, por qué desapareces?…» Nos besamos.
Las espesas cortinas de mi casa dejan pasar poca luz por la mañana, así que nos despertamos muy tarde el domingo y, entre confusión y pena, desayunamos y platicamos un poco: «siento que es como si estuviéramos todavía en la prepa y yo te hubiera metido a un salón a hacerte todo» me decía mientras yo agarraba su oreja y juegueteaba con su arracada y su cabello largo. Nunca antes nos habíamos besado, a pesar de que él siempre me dijera de broma «tú y yo vamos a terminar casados». Por la tarde se fue y pensé que no volvería a verlo quizá en un par de meses… o años.
Una de esas frías mañanas tomé un baño en su casa. Entraba por la ventana un vientecito helado mientras caía el agua caliente sobre mi espalda; aún así sentía mi nariz congelada, pero los tragaluces del techo, que iluminaban toda la pequeña habitación, me distraían del escalofrío mientras pensaba, o más bien sentía, que ya lo extrañaba. No sabía bien qué echaba en falta, pues realmente habíamos convivido muy poco. Largos silencios nos acompañaban, aunque más que complicidad, intuyo que no sabíamos qué decir. La tensión nos orillaba a hablar de sexo y luego tenerlo; reíamos mucho mientras no sabíamos qué ocurría, aunque tampoco es que quisiéramos especificarlo. Estar en su casa era como viajar en el tiempo donde, no sólo era él quien protagonizaba a un chico de tres o cuatro decenios anteriores, sino que todo en su lugar remitía a viejas escuelas que hemos olvidado. Entre sus cintas de video y cassettes, hubo una noche en que me mostró su colección de vinilos mientras ponía a sonar en el tocadiscos a una de sus bandas de punk favoritas. Me hablaba de cine y de fotografía, de su trabajo con la cámara y sus próximos viajes. Era un rincón aislado de las nuevas formas en que nos comunicamos, y es quizá ese clima de un tiempo que ya no existe y que él encarna, el que echo tanto de menos. Hubo un día, una mañana, en que su música era Playground Love de Air, y mientras las notas llenaban de nostalgia su compañía, hice girar el globo terráqueo que tenía sobre uno de sus muebles. Como una gotera, silenciosa y penetrante, iba quedando su presencia. Más silencio. Salimos a caminar esquivándonos y supe que nunca le diría nada ni él a mí.
Todo instante desaparece apenas se le percibe en su fugaz reticencia, pero es el recuerdo el que carcome en su rumia la sensación de una atmósfera que ha dejado una honda huella, sea por su peso emotivo o por su deleite momentáneo. La última vez él arrojó su toalla hacia el techo mientras que, desnudo, daba vueltas sobre sí mismo esperando que el trapo cayera aleatoriamente sobre su cabeza; de travesura entraba y salía del baño, y una vez que apareció con su cabello escurriendo, comenzó a hacer su maleta.
Estar con él era como vivir otros tiempos, tiempos que no vivimos nunca por sernos lejanos, y que quedan sepultados como décadas que evocamos con la nostalgia prematura de hacernos presentes en algo que no está vivo, más que en la memoria.

