Estaba allí el espejismo de la primera mañana. Sin cavilaciones, abrió los ojos al despertar y miró hacia el techo y luego a la pared blanca, cuya superficie rugosa reflejaba todo, acentuando sus propias sombras que oleaban una tras de otra como pequeños montes al contacto con esa luz matinal, aún de invierno. Entre su piel mortuoria las sábanas frescas y tendidas sobre sus piernas descubrían el placer secreto de la caricia ancestral. Estiró sus miembros y con movimientos casi automáticos, inclinó su torso hacia el costado izquierdo de la cama, jalando con pereza de ánimo creciente una novela que se hallaba sobre el buró. Paseando sus dedos por las aristas de las pastas y sintiendo la porosidad que engalana a todo papel viejo, abrió entre sus palmas las inmaculadas alas del libro. Las primeras gotas de espesa tintura negra ruborizaron la palidez de las hojas, que entre sentencias litúrgicas permitían vislumbrar la entrada a las palabras contenidas ya sin aliento, exhaustas y sudorosas, en reposo. Ella leyó: El sol… Antes, despertó.
