-Quiero contarte algo.

-De qué va…

-Es algo que me pasó en la mañana, pero sé que no podría contárselo a cualquier persona. A ti te lo cuento porque, aunque nos conocemos muy poco, creo que no vas a juzgarme;  si nos llevamos bien es por cómo somos.

-… Y ¿cómo somos? Da igual, ya cuéntame.

-Sí… Esta mañana fui a mi clase y como cada viernes, todos estábamos muy pendientes del profesor; siempre habla con un tono suave y fluido sobre los recuerdos de su infancia en su país natal, uno muy lejano, pero esta vez escucharlo era casi como penetrar en las imágenes que su memoria traía a nosotros porque cuando alguien habla de su pasado con tanta viveza, siempre transmite las viejas pasiones que empapan su nostalgia. ¿Sabes? Por un momento imaginé que todo lo que nos contaba era inventado, porque cada una de sus palabras sonaba como un diálogo que se sabía completo. Sólo estaba ahí, recitando todo… En medio de la charla, mientras todos seguíamos hipnotizados por la elocuencia de sus fantasías, él sacó un gis del bolsillo superior izquierdo de su camisa, una a cuadros color azul con blanco; mi atención entonces se fue hacia sus manos que, antes, sólo habían reposado quietas sobre la mesa. Noté que todos, incluyéndome, seguíamos atentos a la historia, pero mientras el resto sonreía al escucharle y seguía los gestos de su rostro, yo me ocupé sólo de verle las manos. Las yemas de sus dedos iban de un extremo a otro en el gis; lo rodeaba con sus dedos y acariciaba las puntas con mucha delicadeza; yo intuía la porosidad de ese trozo de tiza entero, nuevo, y pensaba en el contraste que encarnaba entre la suavidad de su piel y la rugosidad de esa pequeña cosa. Por la curvatura que permite su forma, el gis daba vueltas entre sus manos, y eso me ponía a imaginar que la sequedad del objeto vendría bien al sudor de sus palmas; todo era como una danza, un encuentro juguetón y apasionado entre el ritmo de sus palabras y el tono íntimo de sus manos acariciando el gis…

-¿Qué hiciste después?

-Cuando salimos de clase esperé a que todos se fueran y lo dejaran en paz. Lo abrumaron con preguntas innecesarias, datos para los curiosos que sólo escuchan. Cuando se fueron, él me volteó a ver y preguntó:

-Dime tú, ¿también quieres preguntar algo?

-Sí…

-A ver.

-¿Por qué traes un gis?

-Ah… Lo notaste. Pues…

-Sí. Nunca traes gis… Además no tenemos superficie para poder usarlo.

-Tienes razón… Pues, me gusta su textura. Amasarlo. Me gusta sentirlo… ¿lo quieres?

-Sí.

-Ya veo… ¿y qué hiciste con él? ¿Aún lo tienes?

-Sí, lo traigo. ¿Quieres verlo?

-No sé. Seguro ya está roto… ¿Para qué lo quieres?

-No, no está roto. Me aseguré de guardarlo en un lugar en el que no pudiera romperse.

-No me digas que lo traes en…

-No. Eso ya ocurrió.

-¿Qué hiciste? Ya dime

-¿Qué podría haber hecho?

-No lo sé… Ahora estoy intrigado. Tal vez no te conozco tanto.

-Tal vez. No hice mucho; ¿qué te hubiera gustado que hiciera?

-¿Dónde tienes el gis?

-Cuando me lo dio sentí que ya me había hecho su cómplice. Tomé la tiza y me fui, mientras él se quedó contemplando todo con un silencio opaco. Caminé por el pasillo dándole la espalda e imaginé que no me había quitado la vista de encima hasta que desaparecí al bajar por las escaleras. No sabía muy bien qué hacer, pero  la exaltación no me dejaría llegar muy lejos, así que me dirigí a la biblioteca y pensé en ir a los baños, aunque no quería esconderme; me detuve en uno de los entrepisos y me senté en medio del camino, obstruyendo el paso. No me importó porque estaba demasiado excitada. Cuando saqué el gis comencé a acariciarlo de arriba a abajo, recorriendo toda su superficie; sentí su porosidad y pensé en la humedad que ya guardaba de él en su propio polvo. Luego, sin pensarlo, comencé a lamer el gis;  mi lengua quiso envolverlo por secciones y descubrí su sequedad, que disfruté ir absorbiendo entre mis labios. Me encargué de chuparlo todo, imaginando sus dedos tocando cada parte. Me quedé ahí tendida, hasta que logré templarme.

-Enséñame el gis, si todavía lo traes  contigo.

-Lo traigo. Está en mi bolso, envuelto en un trozo de servilleta…

-Pensé que lo traías en otra parte.

-¿Te habría gustado eso?… Toma, aquí está. ¿Para qué lo quieres?

-Para esto: lamerlo también. Y ahora… ¿nos vamos?