Siempre me ha gustado decir que no existen las casualidades cada vez que algo ocurre como una sucesión de hechos de orden misterioso, aunque también me molestan las personas que dejan toda su vida al tufo del destino y adoptan el prejuicio que su rumia les siembra en la cabeza, y ya luego labran en otras actitudes.

Hubo un momento en que no supe qué era lo que me encontraba haciendo allí, en un país lejano y tan extraño para mí y mis costumbres, así que decidí dedicar parte de mi tiempo a los lugares que comúnmente visitan las personas que van de paso; por recomendaciones entré al Museo Nacional y recorrí sus galerías pensando que no había suficiente de su historia que pudiera interesarme, así que salí muy pronto y llegué a otro edificio cercano que parecía albergar la Biblioteca Nacional de Hungría. Entré a merodear a su tienda sin mayor suerte, porque todo aparecía en una lengua que estaba lejos de comprender, así que decidí irme también. Antes de llegar a la salida me detuve ante un perchero que mostraba un par de bolsas de tela para libros que, evidentemente, no tenían ningún estampado atractivo para los turistas. Quise una porque reconocí inscripciones en húngaro impresas en ellas, pero me llamó la atención que el único morral decorado con una imagen se debía a una torre en ruinas y supe que esa era la indicada para mí. Fui a la caja y al pagar pregunté al chico qué significaba ese dibujo y una vez más, las lenguas fueron un impedimento para entender algo; de algún sitio tomó un papel y escribió en él algo que tampoco pude leer. Me fui.

El resto de los días recorrí las calles de Pest sin sentir cansancio y podría decir que me sentía aturdida de buscar algo, aunque no sabía qué. El ritmo arquitectónico de esa ciudad me parecía acogedor y de un pálido resplandor que me recordaba la sensación del color amarillo: un afecto cálido y luminoso que de cualquier modo languidece, recordando que su brillo no es más que un estadio de transición, como un inútil fulgor que te deja andar sólo hasta que llega la noche para poder al fin descansar. Budapest tiene ese hálito y no me lo pude quitar del cuerpo todo el tiempo que estuve en ella; la piedra de sus edificios me era familiar al ánimo que ostenta la persistencia, que va de pie reconociendo sus propias ruinas, en las que su tonalidad es queda y queda esperando que la nostalgia se encargue de dedicarle algún suspiro… alguna vez, algún tiempo. Durante las tardes salía de los bares sin terminar mi cerveza, porque en realidad no me gusta tomarla; por las noches tuve interminable compañía que ahora extraño y de la que supe, desde las caminatas nocturnas, que cada momento quedaría impregnado de los aires que promueve esa ciudad. Apenas recuerdo el frío, no más que la soledad anticipada y un par de lágrimas al término de una triste despedida. ¡Ay… el recuerdo! ¿Cómo pensaría yo estas horas, cuando tu rostro y el mío ya se habían olvidado?

Tan breves fueron tantos días que una vez que me mudé a Buda de Pest, tuve apenas un respiro para asentar todo lo que ya extrañaba. Una noche, antes de dormir, Attila me ayudó a descifrar el mensaje del pequeño papel que me había dado el chico en la tienda de la Biblioteca. «Arany János, eso es lo que dice. ¿Por qué te dieron esto?» preguntó un poco extrañado, y luego le mostré el morral con la torre. En seguida comenzó a contarme lo poco que él sabía de Arany, un importante poeta húngaro. «Es muy conocido y lo leemos mucho en la escuela elemental; siempre lo comparan con Shakespeare, y parece que la torre de tu bolso se debe a uno de sus poemas épicos más importantes. No recuerdo cómo se llama o qué dice, pero sé que es por eso». Para entonces, el nombre de Arany János [Arañi Háñosh, para sostener su ritmo] ya me había lanzado la primera inquietud de búsqueda para lo que me quedaba de estancia.

Un día antes de dejar la ciudad fui a comer con Attila y sus amigos, quienes se mostraban amables, pero desinteresados por mi presencia, así que cuando me invitaron a seguir la tarde con ellos me inventé planes para lo que quedaba de la tarde y para toda la noche. Estábamos en un barrio cercano a Budapest-Nyugati pályaudvar, así que no tuve reparo en escindir de mi compañía con ellos y caminar por esas calles tan poco concurridas; mientras me dirigía hacia una de las avenidas que llevan a la estación de trenes, me di cuenta que pasaba frente a una librería de viejo y sentí mucho deseo de entrar y llevarme algún libro de Arany. No buscaba nada más, así que una vez dentro me dirigí a la encargada del local, que tampoco hablaba inglés, pero entendía que buscaba algo del poeta; negó con la cabeza y se disculpó por no tener nada suyo. A esas alturas ya todo me parecía muy raro, pues había encontrado el morral en la Biblioteca Nacional y Attila me había hablado de Arany y su relevancia en la literatura húngara, pero en una librería tan común y corriente, no tenían nada que atestiguara esa presencia casi opaca. Salí de la librería un poco triste mientras pensaba en esto, y de pronto escuché que alguien gritaba atrás de mí. Recuerdo que cuando entré a la librería me di cuenta de que había una chica, muy chica, buscando libros por aquí y por allá; me pareció curiosa por no emitir sonido alguno y hurgar con avidez entre los libros. Al voltear para saber qué pasaba vi que era ella quien gritaba detrás de mí, haciéndome señas para que volviera al local.

«¿Tú estabas buscando algo de Arany János, verdad? Es que encontré un libro suyo… ¿quieres verlo?» Al escucharla sentí una honda alegría, entonces asentí y la seguí de regreso a la librería. Ella se dirigió al estante de poesía y volvió a hacer una rápida revisión; «lo vi por aquí… espera». Una vez que lo encontró, me lo dio y agregó «no puedo evitar preguntarte por qué buscas algo de Arany. Este es el único libro suyo que encontré y está en húngaro; ¿sabes húngaro?». No, le respondí, pero también le conté que buscaba un poema que hablaba de una torre en ruinas; ella se fue al índice y comenzó a pasar su dedo por el listado de los cantos. «Creo que es este: Az ó Torony. ¿Quieres saber qué dice?». Volví a decirle que no, de lo contrario sentía que podría quebrar mis expectativas sobre la figura del poeta y todo el misterio que ya había encerrado su presencia en mi viaje. Quise comprar el libro, pero dadas mis circunstancias turísticas, hubo la intención de venderme la publicación a un costo muy elevado; tomé un par de fotos del poema y agradecí a la chica por toda su ayuda. Nuevamente, salí de la tienda.

Una vez más bajo el frío, caminé por la banqueta que ya conocía y dirigí mis pasos hacia el siguiente destino; tenía en mi estómago el sentimiento de un encuentro placentero y me sentía entusiasmada por cómo habían sucedido las cosas. De igual modo me invadió la ansiedad por saber más mientras mi exaltación sólo daba vueltas a la inexplicable hermosura con que cada momento había sido el cómplice de mi fortuna, y…

Pasaron un par de semanas después del viaje para que, con detenimiento, pudiera al fin leer el poema y saber más sobre Arany. Todo había terminado y una vez vuelta mi mirada hacia esos días fue que pude entender que estaba leyendo el canto en el momento preciso para poder hundirme en su nostalgia. Esa imagen, la de torre abandonada, era el lugar en que Arany logró hacer palpable el anhelo por recuperar el instante perdido, que no es más que la propia vida y aquel que fuera un tiempo luminoso en ella. Siendo ahora grietas donde sólo se mantienen el polvo y algunas voces, los rumores cantan con temor un recuerdo opaco, el de la falta por lo que ha dejado de existir. Monumentos abandonados y la gloria convertida en ruinas: esa era la torre y esa la ciudad. Era mi voz buscando dónde morar.

 

Nagy-Szalonta nevezetes város,
Mégsem olyan nevezetes már most
Mint mikor volt szabad hajdufészek,
Benne lakván háromszáz vitézek.

Csonka torony nyúlik a felhőbe,
Rajta pihen a nap lemenőbe’:
Rá-ráveti visszanéző fényét,
Mintha látnám ősapáim vérét.

Vérpirosan mért néz vissza a nap?
Azt jelenti, rút idő lesz holnap?
Óh, Istenem, hiszen elég bőven
Volt már részünk zimankós időben!

Hej csak itt is, e hitvány zugolyban,
Hány nemes szív vére ömlött hajdan!
Azt mondották, hazájokat védik,
Azt hivék, úgy áll fenn örökkétig.

S mi van abból, amiért fáradtak?…
A torony, mit durván összeraktak.
Áll a torony, mint valami Bábel,
Rajt’ az idő nyomtalanul jár el.

Rajta pihen a féllábu gólya,
Vércse, bagoly örökös lakója,
Velök együtt a galamb is elfér,
Összeszokik, utoljára nem fél.

Rajta a gyom óriássá nő fel,
Hajba kap a szélvészes idővel.
Rácsap olykor, – hanem azt se bánja –
A mennydörgős mennykő buzogánya.

Csonka falán, viharos éjfélkor,
Boszorkányok nagy serege táncol,
S jeleül az éji vigadásnak,
Egy-egy köve földön hever másnap. –

 

Nagy-Szalonta eredetileg a Toldi-család hirtoka volt. A várost 1598-ban atörökök annyira elpusztították, hogy több évig lakosok nélkül maradt. Ekkor (1606-ban,) Bocskay 300 hajdút telepített ide, (ezektõl származott Arany õse is), a kik a Toldiak várát ujra felépítették. E várnak maradványa azon õrtorony,  mely Szalonta város fõterétõl, a Toldi-tértõl keletre, még ma is fennáll és Csonka-torony néven ismeretes. E tornyot a hozzá tartozó épülettel Szalonta városa 1893-ban megvette és miután a tornyot Arany László tervei szerint, Arany Lászlóné  költségén 4000 forinton helyreállították, az épületet 1899. aug. 27-ikén ünnepélyesen felavatták és Arany- és Hajdú múzeumnak rendezték be. A torony négy szobából  áll. A földszinten vannak elhelyezve Arany szobrai, arczképei és a költõre vonatkozó más képek. Az elsõ emeleten vannak Arany háló- és dolgozószobájának bútorai, a falakon Arany barátainak arczképei. A második emeleten a költõ eredeti kéziratai, a falakon a költõ koszorúi és a temetésére küldött koszorúk szalagjai. Itt van Arany könyvtára is. A harmadik emeleten a "Hajdú múzeum" van. A torony bejárása fölötti márványtáblán a következõ felirat olvasható: Az ugynevezett Csonka-torony, / melyet Arany János és Petõfi Sándor / megénekeltek,  / Arany László, Nagy-Szalonta szülötte és orsz. / képviselõje tervezete szerint / újíttatott meg. / Ide helyeztettek õrzés végett / Arany János emlékei, / melyeket a kegyeletes fiú Nagy-Szalonta városának / ajándékozott. / 1899. augusztus 28.
Az ó Torony. Ilutración de Sándor Petőfi