A Luis Cottier
Ay, mi negrito, que si me gustan las nubes en tus ojos,
me gusta más el tezontle en tu espalda besando al calor de medio día,
cuando el sol te da merito al centro del corazón.
Mirar al cielo es una actividad poco común en nuestros días, pues implica, además de algunos riesgos, el portento de su gracia.
Para hacerlo uno asume que cede el orgullo a un panorama horizontal que exige otro tipo de gravedad, una que suspendida, abandona el tiro de alarde y otras posiciones defensivas. Se deja todo en el suelo: los pies que huyen, la espalda que abandona y la vista que vigila. Curioso. ¿Qué se busca al renunciar a estas valiosas cualidades?
Parece que las personas que miran al cielo no tienen más que una inútil pretensión por querer ver «algo», sólo por insinuar que allá arriba se vislumbra un «todo» o simple y llanamente «lo que sea»; una inconmensurabilidad traslúcida que refleja al pensamiento en reposo, forastero de su blanco común, que es la tierra. ¿Qué se mira cuando no se ve nada, o casi nada? Hilos microscópicos, gusanitos o bacterias bailarinas regadas en los blancos sobre blancos, azules, grises y rosados… ¿Qué mirabas tú, cuando interrumpí la sonrisa que daba tu rostro al cielo aquella tarde?
Hubo un día lejano como las lejanías de cualquier ayer en que te encontré acostado mirando al cielo, y al verte supe que para hacerlo, para sumergirse en esas aguas, es necesario olvidar que hay un arriba y un abajo, así como un lugar y un tiempo precisos. Basta con dejarse inundar por algo que es más vasto que el propio cielo y más arriesgado que bajar la guardia: he ahí tus ojos y el ahí de mi mirada.
