a Ricardo Daniel

 

Llevo unos días caminando en círculos sobre un páramo distinto, y aunque no hay león que me acompañe, en su nombre cojea mi cuerpo. Todo visto, ahora cada cosa es nueva. Los últimos meses los he dedicado a tratar de pensar cómo experimentamos la inspiración y, de una manera un poco inocente, he intentado describir qué pasa durante ese momento cuya metáfora más cercana, me parece que es la luz.

Anduve hurgando entre las frondosas faldas de Teresa, y sus labios hinchados de amor me hablaban de algunas formas que toma ese estado puro y fantástico; cuánta dulzura en sus rezos de voz silente, apenas susurros de un placer indescriptible, de frescura y de fe que no poseeo… o creía no poseer.

¿Cómo hablamos de nuestros encuentros con la luz? Las confesiones son un recurso trillado, pero vienen bien a este punto de pudor extático y revuelta de sábanas blancas; porque la luz alumbra, pero no ha de hacerlo si no es en espacios oscuros, en cajas negras, en silencio.

La cualidad del destello es de naturaleza deslumbrante; parece un pleonasmo, pero en realidad estas palabras tratan de dos estados diferentes en que la luz aparece y conjuga su armonía entre formas y sombras. Tildar de mística hace de todo esto algo tan burdo… por otro lado, lo que está ahí y no nos encargamos de ver apropiadamente por su simpleza, es de pronto enteramente nuestro por haber probado un poco de su misterio; poseemos y nos entregamos. Palpita la sangre en el cuerpo y entonces ocurren estos dos estados: primero el destello en el presente que lo hace visible, en el movimiento y contracción de la carne, y luego el delirio deslumbrante que deja su ardor en llamas. Heridas de hilos rojos a giro de rueca; un éxtasis del que no se habla, sólo se siente. Es «el aparecer de lo invisible», de que hace suyo quien descubre y hala y jala.

Capa tras capa se descubrió la forma de Teresa, yaciente en una roca blanquecina. Picando piedra, con toques suaves su cuerpo, y a modo de caricias, el Amor.