a Cristi Avram

AYER: Ya veremos al despertar, de qué se trata todo esto. No quiero poner atención porque me preocupan los detalles; por si fuera poco, olvidé que estás aquí, picándome la frente y dándome comezón. Tuve entre mis manos un cuchillo que sopesé ligero… de pluma; al dártelo te vi sentir con dulzura que todo era verdad y no un falso testimonio, una mentira al ruedo… Y el ruedo, un campo de mimbre abierto al nacimiento del viento sin aire, junto con dos mochilas negras y paso verde entre veredas; un ocaso con la frescura del alba. Así nos fuimos, una zancada detrás de los segundos y alargando las medidas de otro lenguaje, sin prisas porque reitero, no tuvimos tiempo ni ansias locas por apresar el desespero del reloj. No hubo, en fin, aún.

HOY: Eché todos mis dulces dentro de un frasco lleno con té de jamaica y manzanilla porque estaban cubiertos con un polvito ácido que no me dejaba paladear a gusto su dulzor; fino y ácido, era un polvo muy molesto. Luego repetí la canción cinco veces porque a la primera no puse atención, a la segunda se me fue la letra y en la tercera no la estaba sintiendo. En la cuarta todo iba bien pero la rumia me distrajo. Cinco: por fin abierta y dispuesta a revivir alebrestada mi cursi recuerdo, ya había disuelto toda sensación… dejé correr la pista. Airosa a ratos pero con vaguedad indecente, igual dejó hecho papilla mi estómago. Llevo días, si no es que un mes, con mi molestia por el hubiera [que no existe] e imágenes borrosas. Es cierto que no podemos recordar absolutamente nada, más que una sensación de húmeda espesura, aroma a tabaco y las manos de un pintor, quien todo lo toca. Esta película ciega a la que llamo comer dulces sin la cobertura agria que le da el toque interesante al sabor, es la prontitud del ahora que aniquila toda melodía, forma y color.

MAÑANA: Para pintar, tú sigues la luz. ¿Qué hago yo para escribir?… Y para ambos, ¿qué pasó esa semana, durante aquellas noches?

[… continuará]