La fuerza de transubstanciación de la vida es la fuerza de un nuevo amor, de un amor que se entrega incondicionalmente al otro […]. No es amor como simpatía ni como compasión en el sufrimiento, sino como una misma gloria, una misma victoria: victoria sobre la autodestructiva centración sobre sí mismo.
Jan Patočka.
I
Quisiera tener una memoria pródiga para hablar del instante en que decidí realizar este viaje espiritual, pero también para recordar con precisión el día que le conté a Pablo sobre mis deseos de visitar a Jan Patočka. Lo primero que me dijo tras escuchar mis intenciones fue «¡wow! harás un viaje de peregrinación», y aunque respondí que sí, aún no sabía con claridad qué significaba eso de peregrinar; no obstante las semanas que siguieron a compartirle esta noticia a Pablo, cómplice de travesuras y otros ensueños, retuve en mí la idea de pensar los próximos pasos de mi pequeña aventura como una jornada efectivamente espiritual, y como me suele ocurrir al tramar entre delirios mis objetivos idílicos, llegué a sospechar que, dadas las fechas en que ocurriría mi visita al cementerio, existía la posibilidad de encontrarme en medio de un escenario irreal en el que, tal vez, podría nevar en el trayecto mientras quedaba varada en algún lugar completamente desconocido. Esta idea ya había saltado en la plática con P., con quien bromeé sobre esto no sin querer que en verdad pudiera pasarme algo extraordinario durante el viaje.
II
El [cementerio] Břevnovský Hřbitov se encuentra a las afueras de Praga, escondido entre llanos y senderos que armonizan el desafortunado horizonte que caracteriza a cualquier periferia, llena de esquinas inacabadas y asentadas en la monocromía. Una vez que salí de la estación de metro Petřiny comenzó mi confusión geográfica, dada la topografía que acabo describir; no habían letreros y los pocos con información decían cualquier cosa menos algo comprensible para mí, que no hablo checo. Aprendí que andar por una ciudad extraña en la que no conoces ni comprendes el idioma puede ser catastrófico si no llevas contigo algo de tecnología; pregunté por aquí y por allá, pero muy pocas personas hablaban inglés. Sobre el cementerio se sabía nada y esto sólo venía a corroborar la creencia de que para fantasmas del pasado no se tiene tiempo ya, ni mucho menos espacio para cultivar su recuerdo. Luego caminé por lo que parecía un pequeño boulevard hacia lo que comencé a trazar como mi ruta; por fin sabía hacia dónde caminar cuando del viento gélido comencé a sentir algunos copos sobre mí. «Precisa», pensé, sólo hasta que la pequeña ventisca de nieve mermó mi visión y tuve que buscar un refugio que de hecho no existía; conjuntos habitacionales, aceras inmensas, parques, terrenos baldíos… lodazal. Nada para protegerme excepto mi enceguecedor deseo de continuar hacia lo desconocido; hubo ratos en los que pensé que era una locura caminar por una región aparentemente abandonada, sin comercios para refugiarme o personas para preguntar si mi camino iba a ningún lado o a alguna dirección que tampoco tenía rumbo. Nadie en la calle excepto yo, por lo que naturalmente, comencé a sentirme preocupada por el grado que había alcanzado mi manía por visitar la tumba de un filósofo pero, hay que decirlo, no se trataba sólo de «la tumba» ni pensaba tampoco en alguna «eminencia filosófica»; entonces recordé, como se acuerda y se siente la ausencia, y decidí, como ser una mujer espiritual me ha dejado esa libertad, no desistir. Pensé también en su suplicio y mi situación de agobio, que francamente era absurda. Después de un par de rodeos por las mismas calles, caminar de ida y de vuelta y meterme entre algunos fangos, dí con el lugar que de tan desolado, habría confundido con un deshuesadero, pero lo salvaba el desgaste de su muralla indiferente tanto a turistas como a locales, que no hace más que mantener la ilusión de preservar el botín lapidario de la pequeña ciudadela, páramo de sueños.
Avisé un espacio medianamente grande y me di cuenta de que había superado el primer problema, pero ahora tendría que encontrar el lugar de mi persona entre un mar de lápidas. Seguía nevando pero ahora con amabilidad, así que comencé a adentrarme al cementerio cuando escuché la voz de una mujer que venía de mis espaldas. Jamás supe qué gritaba, pero sus señas me dieron a entender que se preguntaba por mi presencia ese día, a esa hora, con ese clima. Ella en checo y yo en español, hablamos con gestos y entre los balbuceos logró dilucidar que yo buscaba a Jan Patočka; sonrió y siguió hablándome mientras caminaba sobre la brecha frente a nosotras, andando despacio y con la firme confianza de que iría detrás de sus pasos. No avanzamos más de un minuto sobre el primer pasillo ni nos alejamos más de cinco metros frente a su casa, hogar que ocupa como vigilante del cementerio, cuando paró y me señaló la tumba; agudo y simple, su semblante me dejó agradecer por la ayuda para luego desaparecer.
III
Aún no sé cómo hablar de la sensación de amplia holgura que nace en el pecho cuando las cosas lucen desde su diáfano resplandor, quietud inocente que parece esperar un movimiento que ponga en evidencia el error prístino; como decir y ser juez, o como callar y ahondar el miedo de ser el invitado incómodo de ese mundo. Me quedé sola ante esta claridad y me di cuenta de que nunca he sabido, tampoco, qué se le dice a los muertos, así que comencé mi visita con esta disculpa mientras husmeaba entre los obsequios dejados sobre su lecho. «No te traje nada», me dije al ver todas las plantas y flores restos de otros peregrinos; «no te traigo flores… y a ti te negaron las flores»; mientras, la nieve continuaba su caída sobre el silencio.
«No sé cómo es posible sentir de ti un asidero que a veces no encuentro en otras personas que aún viven y están junto a mí… ¿tú vives, aquí conmigo? Me gusta cuando hablas de la vida como vida natural en el mundo natural, porque nos arraigamos a un horizonte pero en efecto, nos movemos. Enraizamos en una profundidad que no vemos y que nos nutre y crecemos con la luz que supone la esperanza… Pero ¿cuándo descubrimos o sentimos este aire vertiginoso que nos tumba? ¿Cómo cultivar esto que llamas espiritualidad, verdad y entrega? quisiera abrazarte pero ni aún así sabría qué decir, excepto que me siento una semilla de tantas que has dado a tu sombra.» Y ahí, en medio de nuestra conversación, recordé que en mi cartera traía la semilla de una ceiba, el árbol favorito de mi hermano y quien me la había dado unos meses antes. Víctor Hugo siempre me habla de esta planta como el evento más afortunado que trae la vida, pues para él hacerlas germinar cuidando los nutrientes de la tierra, la temperatura del agua y los baños de sol, es cosa seria. De los brotes, el pequeño tallo y luego el trasplante; la ceiba crece lenta pero afincada en sus hondas y expuestas raíces como un árbol majestuoso, pero no por eso menos frágil ante la muerte. Abrí mi mochila y saqué mi cartera para buscar la semilla que ya había decidido dejar sobre la jardinera. ¿Podría crecer este árbol bajo estas condiciones? Aún no podría saberlo, pero ¿qué importancia tendría que pudiera o no germinar la semilla de un árbol latinoamericano en el cementerio de un pequeño poblado en medio del Este de Europa? no sé, pero la imagen de la semilla tenía ahora más sentido para mí porque no importa dónde nazca, «una ceiba puede crecer y crecer durante cien años o más, porque imagina que agarras una de sus puntas y la plantas; si se da, es como un clon. Aunque se vea joven esa ceiba ya tiene cien años y entonces ¿cuánto más puede vivir? Quién sabe, pero es como estar cortando y cortando puntas y así es como perdura y sigue creciendo el mismo árbol». Un árbol, una planta, la del Amor y la libertad.
*A una flor inmensa, de Alí Chumacero.
Cae la rosa, cae
atravesando el agua,
lenta por el cristal de sombra
en que su tallo ahoga;
desciende imperceptible,
clara, ingrávida, pura
y las olas la cubren, la desnudan,
la vuelven a su aroma,
hácenla navegante por la savia
que de la tierra nace
y asciende temblorosa,
desborda la ternura de su tacto
en verde prisionero,
y al fin revienta en flor
como el esclavo que de noche sueña
en una luz que rompa
los orígenes de su sueño,
como el desnudo ciervo, cuando la fuente brota
que moja con su vaho la corriente
destrozando su imagen.
Cae más aún, cae
más allá de su savia,
sobre la losa del sepulcro,
en la mirada de un canario herido
que atreve el último aletazo
para internarse mudo entre las sombras.
Cae sobre mi mano
inclinándose más y más al tacto,
cede a su suavidad de sábana mortuoria
y como un pálido recuerdo
o ángel desalado
pierde una estela de su aroma,
deja una huella: pie que no se posa
y yeso que se apaga en el silencio.
