Hoy se cumple un año, año entero en el que he procurado no olvidarme del encuentro más extraño que he vivido en cualquier mes de Octubre de los 27 en total. Las últimas semanas había estado regresando a casa más fatigada que de costumbre, y al llegar a acostarme sobre la vieja tela del sillón, no hacía más palpar sus bordes deshilachados mientras me ponía a pensar en él, ese hombre joven con apariencia senil que dejó en mí impresiones irreales que apenas puedo recordar. Veía hacia el cielo por la ventana y me afianzaba el hábito de revivir las imágenes que mi memoria había dejado empolvar una vez que huí de mi tierra natal unos años atrás, pues desde entonces, no anidaba en mí algún sentimiento de arraigo por cualquier lugar en donde quisiera echar raíces. Uno de esos días también y desde la agonía de las últimas tardes de verano, en medio de la rumia anímica y descansando el cuerpo del entumecimiento cotidiano, me llegaba otra vez la curiosidad por saber cómo fue que una persona caló tanto en mí y con tan bondadosas semillas, que ahora lo sé, germinaban desde ese instante en mi pecho con el tierno verdor de la pertenencia. De cualquier manera, no reconozco las razones lógicas, motivos causales, por las cuales el encuentro con su umbral tuvo lugar aquella tarde-noche,
Pensaba en esto cuando sonó mi teléfono dejado sobre el suelo; giré sobre mi torso izquierdo para tomarlo con la mano derecha y colgué sin fijarme en el número. Cuando volví a recostarme para ahondar en la intimidad de mi paseo interno, me di cuenta de que no sabía cómo explicar cómo llegué a colarme entre los rincones de aquel ex-convento, ahora convertido en museo. De hacerlo, comenzaría por buscar las pistas que incluso ante mi recuerdo se dibujan como huellas arenosas de figura opaca. No puedo dar más palabras que las que hoy digo a cuentagotas y desde un presente que hurga en los indicios de mis primeros pasos hacia ese lugar, porque si bien es verdad que cuando buscamos a algo, aún sin saber con claridad de qué se trata, y tomamos, no obstante, un camino incierto, también me gusta pensar que cada tránsito, desorientado pero decidido, nos lleva a encontrar la respuesta perfecta que concede cualquier encuentro… si no es que ese momento es anónimo sólo hasta que le ponemos nombre y fijamos su aparición como el sentido de nuestra puesta en marcha; como sea, la búsqueda sin plano de partida se contenta con cualquier cosa… o cada cosa se muestra así misma extraordinaria.
Traía ese día a mi cabeza con luz azulada y sensación de humedad y ahogo, como cualquier tarde de otoño sentida desde la espesura que guardan los anchos muros y bardas llenas de moho con enredaderas. Esa era la bruma y densidad que expedían los cercos de aquel convento cuya única función había sido la de concentrar la espiritualidad , o la poca vida que quedaba de los monjes, a la oración y a la penitencia. Tampoco sé qué hacía yo ahí esa tarde, pues nunca había encontrado interesantes las construcciones religiosas, aunque esa vez me sentía inquieta, como cuando extravías algo y tu viveza guarda el luto de una gran pérdida, como una época transitoria o un periodo difuso entre otros más destacables. Sabía que a mis piernas les recorría un pesar mientras me supe caminando entre los pasillos solitarios y esquivando con razones de sobra a mis acompañantes, las visitas curiosas y ramplonas del museo. El guía hablaba con asombro desde un monólogo bien aprendido y con un entusiasmo que aniquilaba el peso místico que la costumbre de otro tiempo hubo de haber dedicado a un espacio tan respetable. Andábamos por ahí con prisa ya que se asomaba la noche, y fue entonces cuando decidí abandonar todas las explicaciones para internarme en el pequeño clima boscoso aledaño al corredor principal.
Grandes muros rodeaban el jardín sin poda de meses y a la perfecta circunferencia de la fuente central que, irónicamente, no hacía correr en su interior líquido alguno. Seca pero no sin los rastros relentes del pasar de los siglos, acompañaba con serenidad la tersa calma que se respiraba lejos del interés de los visitantes. Sabía que pronto caería la tarde y habrían de sacarnos a la mala del edificio, así que quise permanecer ahí el tiempo que me quedaba de estancia, mientras iba acercándome a la torre esquinada donde se resguarda la colección de incunables del antiguo ex-convento. Me sorprendió ver que la puerta de acceso a los exlibris estaba abierta y como ya había cogido inclinación por indagar, no dudé en entrar de inmediato. No pasé más allá de un par de metros de la puerta cuando una voz con tono tierno y dulce me detuvo. «Quiero decirte que lo lamento mucho, pero no puedes pasar, es un acervo privado»; enseguida apareció de entre los graves libreros de madera que precedían la estancia, envuelto en una gruesa túnica de lana desgastada y llena de hoyuelos, un hombre joven de apariencia demacrada. Portaba su vestido con un cordón atado con tres nudos y andaba sobre sandalias apenas servibles. Noté que su aspecto magro indicaba el padecimiento de algún tipo de enfermedad; su piel de tono blanquecino y carne adherida a los huesos me asustaron un poco, aunque pese a la fragilidad de sus miembros, el hombre continuaba dirigiéndose hacia mí con astucia.
«Yo sé por qué has venido, pero debo decirte que por ahora no puedo ayudarte», reafirmaban sus palabras mientras mi necedad trataba de hojear un Thesaurus puesto sobre la única mesa a la entrada del recinto. «Nada de lo que leas ahí podrá servirte, pero me conmueve tu insistencia por revisar algo que no podrás entender», «¿quieres decir que es porque está en latín o es por la naturaleza del libro?» respondí. «Ni una cosa ni la otra, pero mira», se acercó a mí y comenzó a mostrarme con cuidado las fojas en que se hallaban las palabras pertenecientes al lenguaje del amor. «Puedes revisar algunas de estas [páginas], pero recuerda que nada de lo que buscas podrá ser visto si no contemplas primero esto que te digo… esto que lees. Esto que observas y lo único que te ha traído hasta aquí, este momento junto a mí… que ya me voy». Envuelta en la confusión no podía más que admirar su incipiente barba y la luminosidad de sus ojos que parecían ver ninguna parte. Sus palabras transmitían más de lo que podría describir al momento de evocar su presencia, delirante y profundamente amorosa; recuerdo que al insinuar su retirada me sentí confundida, ya que lo más coherente con la situación era que quien debía retirarse era yo por el horario de cierre del ex-convento, él permanecería en su torre, protegiendo los libros y su vida ascética. La templanza que me producía su apasionada generosidad y la locura de su aliento, me hacían temer por la diligencia que ocupaban sus palabras. «¿A dónde vas? Todavía no puedes irte, yo aún no me voy», contesté. Dio un paso hacia sí mismo y buscó colocarse detrás de la mesa a la par que comenzó a decirme lo siguiente:
Oh… qué lo-cura-el-tiempo, que nada de nuestra búsqueda deja contemplar con claridad, cuando menos no a la luz de un entendimiento del que somos tan devotos. Si tan sólo el Amor no apareciera tan fulgurante después de curtida la carne, otro sería nuestro placer al leer tantas letras, así como pisar con la sangre de los dedos cada verdad hecha palabra escrita, dicha suscita y su oración… si quisieras ver y hojear todo lo que hay aquí dentro sin esta gracia, sería tan sólo un paseo infructuoso el tuyo por las estanterías repletas de moho, más que mieles a saber y cuadraturas perfectas del pensamiento por observar. Tengo una urgencia que me llama y enciende mi pecho, pero ten este libro mío, que no es más que un diario que he alimentado en mis horas de vigilia y cuando más he sentido que palidece mi carne. Todo lo que buscas está aquí, en la confesión de mis miedos y anhelos, antes que en otro sitio. Es tuyo ahora, por Amor que ahora me lleva… sólo ten calma y no recorras toda esta biblioteca si no me he ido y si aún no llega el tiempo fértil…
Me entregó un libro con pastas de cuero café y prosiguió a encorvarse hacia su ombligo, como si algo en sus entrañas le doliera. Al sentir tan ferviente su discurso, me revolví en la urgencia de solicitar ayuda al policía de la salida o a algunos de los turistas que ya abandonaban el lugar rumbo a la salida. Todo en lo dicho me hizo temer por su salud, que se mostraba entre lo corroídas de sus extremidades y el aliento exuberante de sus palabras.
Una vez que llegó el policía a quien grité desde la fuente del jardín para no alejarme tanto del monje, nos apresuramos a llegar a la torre para asistirlo. Mientras caminábamos de prisa, el policía me insinuó «no sabía que había un hombre ahí… tengo entendido que el acervo está cerrado desde hace unos años». Cuando entramos a la estancia notamos que el hombre había desaparecido, aunque en su lugar se hallaban la túnica, el cordón y las sandalias que apenas había ocupado. Palidecí sin saber que el asombro se confundió en mi rostro con el dolor de una extraña desaparición, mientras que el policía insistió en desalojar el ex-convento y llamar a las autoridades para investigar el caso; a mí sólo me pidió alejarme y no hablar del tema con nadie más.
Suspiré al pensar en la imagen de sus ojos encendidos que confundía entre los rosales pegados a mi ventana; la sensación que las palabras de aquel monje dejaron en mi pecho aquella tarde era parecida a la blancura rosácea de los pétalos de las flores, como la forma que de Amor me transmitieron sus gestos convulsos y vueltos al vacío, contemplando todo el resplandor que llega cuando la claridad se sabe más allá de la vista de los ojos. Volvió a sonar mi teléfono y fue entonces que me desperté y me vi con el diario del monje entre las manos. Sentí la Llamada del mundo y tomé el teléfono para colgar de nuevo. No tenía aún nada qué decir.
