¿que cómo escribes lo que escribes? Bueno, todo comienza con la introspección. Mirada al techo o al fondo de la avenida, perdida entre el rojo de los semáforos o el verde de los camellones; se pierde y teje imágenes de jabón. Te hallas absorta entre la acera y los parabuses, arrastras los pies y la voz interna guarda silencio: llega un ruido blanco y abrazador. Te detienes y resbalas; huye la idea. Es una persecución fatídica que nadie disfruta, porque la voz que es mía huye de mí misma también; reflejo convulsivo, taquicardia y rumia redundante. Camino el camino, ando por el andén y me marcho sobre la marcha. Los pies en fuga, como el pensamiento inaprensible; los puntos en suspensión, porque no se retiene nada, ni el tiempo. Tropiezo y veo los cordones mal amortajados, como el nuevo botón de palabras que nace entre ellos: nuevos verbos y adjetivos, rincones entre las esquinas, metáforas y puntillismo de palabrería inútil que no traza ni una sola línea; no es necesario dibujar alguna cosa. “Terquedad” es una expresión que define a medias la premura de encontrar bocetos entre los mil y un blancos de las nubes; su sedosa opulencia deja ciega a la ambición y nubla la pluma de la que busca sólo un contorno. Llegas, al destino siempre llegas, pero estando ahí, quieta y con la tinta vertiginosa, todo queda en las mismas ruinas. Tic, tic, tac, muere la sal hervida en segundos interminables; la ronda anida en su lecho pedregoso y exhala adolorida mientras brotan púas de entre las venas. El silencio ha huido y las palabras no son piadosas. Se es, se escapa. Llagas en la lengua recubren la hoja en blanco, se dice todo y no se tiene nada; luego te callas y te abruma el desperdicio de algo que intuyes es el tiempo. Se necesita mucha saliva para la poca sed que queda, y el único consuelo viene con la promesa del sueño y la amenaza de volver a despertar. Con la voz y los pasos en falso, entre el sonido y las palabras que no comunican, se escribe miserablemente sobre nada.