El suelo de lija seguía tan húmedo como yo lo recordaba bajo mis pies, que lo caracterizaban con su tacto sinestésico como un rojo impermeable, protector incluso de memorias sin mucho sabor. Antes ocupaba esas salidas a la terraza como un escape de la insatisfacción que tampoco manifestaba con claridad el objeto de su molestia; antes caminaba ese terreno granulado e hirviente por las mañanas y algunas tardes, pero hoy entraba y salía al techo con la creencia de estar buscando algo que había perdido. A diferencia de mis escapes en años anteriores, ahora el tiempo disponía de mí más que yo de él, y a pesar de tratarse de azoteas distintas y momentos diferentes, reconocí que la lija desnuda bajo mis pies tenía la misma sensación que hace unos años.

Esta vez iba y venía cuantas veces podía dentro de los pocos minutos que eran únicamente para mí en ese maravilloso lugar; «qué tarde tan sorrentina», me decía a ratos, como si la fotografía de esas películas italianas fuera ya una categoría estética que condensa un estado del alma intranquilo, que encarna un cuerpo rebosante de vida, siempre neblina, dentro de un clima cálido y luminoso. Este paraje me hizo un encuadre que no era menos que eso, en el que de todos modos continué buscando algún espacio donde pudiera sentarme a estar. Todo descansaba en silencio a pesar de la cercanía con el centro de la ciudad, asemejándose al ensueño que enmarca el recuerdo de la infancia, aunque con nuevos miedos; «¿cómo puede decirse que ha pasado tanto el tiempo si fue apenas ayer cuando estuve así, como ahora, tendida al sol en el patio de mi casa?», «por el testimonio de las ruinas», me respondí de inmediato. Hace años que esa casa ya no existe porque la demolieron y fue extraño reconocerla aquí, en tan singular tejado repleto de guijarros, hojuelas de pintura y flores silvestres, algunas sintéticas.

Hacía demasiado calor para seguirme de largo, así que descansé un momento de la luz y volví a pasearme de entrada por salida hacia las sombras, aunque mi vista seguía husmeando entre las grietas y los rincones. «No dejes de buscar», pensaba, la belleza con que nos llaman las cosas y su propia tragedia. Calma ruin, tarde sorrentina.