también noté que un caracol que quité ayer de la ventana y puse junto a la jardinera, apareció de cabeza esta mañana entre éstas, a la mitad del corredor de la entrada de la casa
supe que era el mismo caracol por el despropósito de sus intenciones
salí por la tarde y regresé unas horas después, y al ver su cuerpo de nuevo ahí, lo pensé inerte. no me desanimé y quise darle más tiempo para dudar porque no se veía seco, así que me puse a leer dándole la espalda, colocando una silla encima y haciendo sombra sobre su concha
unas líneas sobre los orígenes de la poesía hablaban sobre los motivos misteriosos en los cantos primitivos, dedicados al mundo natural y la ordenada belleza del cosmos
de reojo* escuché* que algo crujía cerca de mí y recordé al caracol inanimado, «de cabeza» o fingiendo hastío. tal vez no sabría voltearse y entonces sería devorado por las hormigas. ¿los caracoles quedan de cabeza? ¿saben voltearse? ya no estaba leyendo
me levanté molesta con la determinación de averiguar qué ocurría con el caracol. me agaché y ahí estaba, insulso él, moviéndose tan lento que parecía cuidarse de no hacer ningún ruido
de su concha trozada por la orilla apenas salían su pie y uno de los tentáculos, causando el ruidito que me distrajo; me fatigué y me di cuenta de que me pedía ayuda. soberbia humana, me pensé
lo cargué de una y lo puse «de pie» dentro de la jardinera. de inmediato extendió ojos y tentáculos y comenzó a andar; «¿por qué no te movías?», le reproché desde un enfado posterior a haberlo pensado muerto
lo vi tan tranquilo y dejado a su ritmo que volví con alivio a mi lectura sobre los orígenes de la poesía…
y no dejo de pensar:
qué inoportuno el caracol cuando una intenta entender y él se hace escuchar
qué inaudibles la sonoridad, el canto y la palabra, cuando impera la ceguera
