En el principio hubo una masa confusa y sin orden de las cosas, y una faz indistinta mostraban los astros, la tierra y el mar; luego el cielo fue colocado encima de la tierra, el suelo quedó rodeado por las aguas y el caos vacío se dividió en varias partes. La selva acogió a las fieras para que en ella vivieran, el aire a las aves, en el agua líquida os refugiasteis vosotros, los peces. Entonces la raza humana vagaba por las solitarias campiñas y no era otra cosa que fuerza bruta y cuerpo tosco; la selva fue su morada, su alimento la hierba, sus lechos las ramas y durante mucho tiempo ninguno conoció a ningún otro. Dulce que el placer ablandó su feroz naturaleza: [persona y persona] se habían detenido en un mismo lugar, y aprendieron por sí mismos lo que tenían que hacer, sin ningún maestro. Venus llevó a cabo su dulce obra sin que fuera menester aprendizaje alguno.
Ovidio, Ars amatoria
Cuando hablo de Amor me ocurre con regularidad que la persona a quien me dirijo muestre la seriedad que intenta disimular una sonrisa característica de la burla, usada por quien presume cierta malicia ante algo que no la tiene, y como sea, esta primera impresión da pie a cuestionar si es del sentimiento romántico al que me refiero. Por mi parte, sé que gusto más de desentenderme de la inocencia ante el tema, que explicar las razones que me llevaron a tocarlo, y es que hasta yo reconozco que no es fácil deshacernos del velo rosa pastel que envuelve a esa palabra tan sólo al pronunciarla: Amor.
Cada que busco escribir sobre un tema que persigo me gusta esperar por señales que jugando con el azar, me lleven al sentido de la idea como un hallazgo inusitado, más que como otra tarea premeditada por cumplir en la agenda, y ya que anda en boga hablar de Dante por los 700 años que nos lleva de viaje, creo que me hace bien recordar aquí que fue para mí su Vita Nuova donde comencé a pensar a Amor como una entidad que caracterizaba algo inteligible y no un mero estado sensible, como venía creyendo desde antes acerca del _amar_ y lo que se dice que es el amor, con minúsculas. Por aquel entonces, Beatriz fue tan maravillosa para mi imaginación como seguro su presencia lo fue para Dante, quien hizo de su figura un encuentro memorable y afortunado, tanto para el arte mediante el canto de sus palabras, como para la síntesis que en el entendimiento se expresa. Beatriz para Dante, a quien le son propios el viaje y la búsqueda, fue efigie de Amor en versos que se perciben como la claridad necesaria para comprender lo que ocurre cuando sentimos el amor, pensando, precisamente, en Amor.
Enamorarse, en un sentido laxo o bioquímico, hace referencia los movimientos de orden corporal que padecemos ante la atracción natural hacia otros cuerpos, presencias que por la diversidad de sus horizontes históricos y específicas circunstancias culturales, nos hacen preferir una compañía de otra. Pese a creer que el enamoramiento únicamente responde a biorritmos y procesos químicos que siguen el cumplimiento de ciertas etapas lúdicas que desembocan en la desastrosa desilusión, la experiencia de este amor es apenas un atisbo de la apertura que nuestra sensibilidad tiene ante las posibilidades de pensar a un yo fuera sí mismx, más allá del cuerpo y sus necesidades; como una manera de reconocimiento, esa emoción devela fragmentos del misterio de la vida espiritual -personal-, vida puesta ante une otrx que afectivamente puede o no ser afín a nosotros, pero que despierta cierto anhelo por compartir y vivir _algo_ en común. Pero de todo esto ¿qué nos queda más allá de un _corazón roto_ o una historia longeva por contar? Es posible que un tiempo después de la catástrofe sintamos nuevamente ansias de mundo (o dopamina) y deseos por volver a experimentar un estado que nos coloca en otro plano receptivo, uno que nos desata búsqueda(s) o inspiración.
Dante, por supuesto, piensa y escribe de Amor sin hablar de este amor. Arriba hablé de una tal apertura sensible y el descubrimiento de una vida espiritual suscitadas a raíz del enamoramiento; el ansia de mundo que propician estos hallazgos tiene sentido cuando pensamos que es justamente este estado emocional el que nos despierta el asombro ante los descubrimientos de pequeños milagros, como podríamos referirnos a los ínfimos sucesos en el cause de la vida cotidiana que llevan a esta experiencia a fijar su atención y cuidado a todo fenómeno que se nos presenta. Con avidez inusual, percibimos con mayor claridad la luz natural que reflectan las cosas, cosas que no veíamos antes y que ahora tienen vida y sentido propios dentro del orden en que aparecen, dispuestas y sujetas a un mundo del que ya éramos partícipes pero de otra forma, «antes, muy antes», diría Alí Chumacero, del amor.
Hasta aquí parece que el amor es un estado que cultiva la sensiblería epistemológica desde su inclinación por hacerse de más Mundo que ilustre la experiencia de saberse vivo, que busca además artificios mediante los que apenas podamos decir o vislumbrar el sentido de la existencia después de esas vivencias; el arte, en cualquiera de sus formas, sea quizás el único que lo ha logrado, y es de ahí de donde nos llega Dante y entre otras cosas, Amor hablando del amor.
Pero henos nuevamente aquí caracterizando a Amor como algo que comprende la gracia de un sentimiento cuyo sentido ulterior alumbra, desde la plenitud de este significado, la vida espiritual de quien se enamora. La contemplación de Dante sobre la presencia de Beatriz versa sobre la importancia que su guía concede al florentino, quien identifica en ella bondades como la claridad y la comprensión cabal de las cosas, sea en sueños donde ella le conduce progresivamente a las esferas de lo divino, o en la nitidez de su recuerdo, apareciendo desde la belleza y armonía sagradas. Si bien esta descripción pudiera desmerecer la facticidad de lo que humanamente nos constituye como perfectamente contradictorios y falibles, es ahora cuando podemos acercar la lupa a ese amado Amor que de Beatriz también lleva nombre, y que no es, en modo alguno, una persona. Dante lo sabía perfectamente y si no, estaré yo aduciendo con bastantes expectativas que el divino poeta hablaba con Ella, en efecto, de una estupenda encarnación de la belleza y amor helénicos, cuya presencia alienta a la constante superación de una naturaleza [humana] destructiva mediante la creación erótica. La constitución armónica del κόσμος (kósmos) dantesco sintetiza, pues, el anhelo humano por el ascenso a la dicha que supone _la verdad_, luminaria que discierne el bien del mal desde el amor. Hallando perfecta expresión en la poética, Dante habla desde el Amor y para Amor como una magna autopoiesis que ilustra los qués y por qués de la experiencia y condición humanas, nacidas y guiadas, por supuesto, por la ausencia o presencia del amor. La claridad con que estas imágenes se nos presentan hacen reconocible que aquel orden devoto no podría no enmarcarse en un pensamiento cuyo λóγος (lógos) acontece como palabra divina y en pleno goce de su dicha sonora.
Pero a todo esto, ¿por qué nos importa el Amor? Distinguir el bien del mal ya suena a avaricia, pero si tomamos por cierto que tanto el despertar sensible como el ansia de Mundo devienen de aquella experiencia incipiente y primordial, la de enamorarse, no podremos negar que el amor, en un sentido utilitario, nos brinda la apertura a las cosas. Desde ciertas tendencias desmoralizadas, probablemente faltas de memoria también, continuar hablando del Amor que el enamoramiento revela podría justificar la burla ante la inocencia que el tema, desde sus interpretaciones románticas, podría antojar. Y es que pensar que el amor y Amor valen la pena en _pleno_ siglo XXI podría confundir a quien relaciona el rosa pastel y los corazones con el sentido que amar el Amor tienen para el desarrollo de una vida plenamente humana. Siendo de otro modo, quizás no podríamos seguir iluminando con antorchas las cavernas o con velas nuestra morada ancestral en el pecho, ni el hogar compartido, ni el _arca Tierra_ o kósmos, que seguimos comprendido mediante el arte, las ciencias o la filosofía.
