(2017)

Arraigar es un palabra que desde su fonética nos dibuja fuerza; entre sus erres yace el peso que sugiere una presencia que se implanta, una raíz que con solidez ha penetrado la tierra y que para sobrevivir, difícilmente podrá abandonar. La botánica que acompaña esta imagen no es gratuita: una planta se nutre de los minerales que se hallan en la tierra donde echa raíces, pero también se nutre del sol y del entorno que le es dado, es el espacio al que pertenece.

He querido comenzar mi presentación sugiriendo esta imagen del arraigo porque en ella reside el modo en que podemos dimensionar lo que Jan Patočka escribió acerca del anclaje en su tesis sobre el movimiento de la existencia humana. Patočka fue un filósofo checo que, me parece, ha sido poco estudiado en lengua castellana, y para presentarlo de manera breve, puedo decir que sus reflexiones se ocuparon por explicar la importancia de encarnar las ideas desde el dinamismo existencial y escribió sobre la responsabilidad que conlleva la práctica política de tal encarnación; para el filósofo, era fundamental partir de la moral resultante del constante encuentro con el mundo social al que pertenecemos. Pero ¿qué tiene esto que ver con la mesa titulada “Identidad, memoria y espacio mundial” en un coloquio que trata del espacio en la investigación histórica? La imagen de la que hemos partido a propósito de la planta nos condujo a pensar en las características del entorno donde es propicia su subsistencia, y terminé hablando algo acerca del espacio al que pertenece; pues bien, es sobre esta pertenencia de la quisiera hablar en esta ocasión, prescindiendo por ahora de las nociones de identidad y memoria, de las que tanto nos servimos los historiadores.

A finales de los años 60, Patočka escribió un ensayo titulado “El mundo natural y la fenomenología”, donde expone la tesis angular de su pensamiento que parte, (1) además, de los planteamientos fenomenológicos de Edmund Husserl y Martin Heidegger. En este trabajo Patočka se refiere a tres diferentes momentos de encuentro entre la propia vida y la vida de otros, que respectivamente, conforman el mundo que habitamos. Grosso modo, la división puede entenderse como tres movimientos de la existencia humana: el primero de ellos se refiere al arraigo, que comprende el proceso de adaptación que nuestra propia vida tiene desde la infancia respecto del mundo que nos es dado; es un movimiento desde el que se aprehende el espacio en que nos situamos: se adoptan el lenguaje, las actitudes y otros significados que tradicionalmente han sido asignados al mundo que habitamos. El segundo movimiento, de afirmación, es aquel en que la vida se enfrenta a la presencia de otras vidas ya enraizadas en las costumbres que previamente hemos heredamos, pero que ahora son puestas en marcha desde la ineludible convivencia con los otros, con quienes nos correspondemos necesariamente para subsistir en el mundo; en este movimiento se tejen las relaciones de poder, la organización de la sociedad y el trabajo , todas ellas acciones que derivan del aprendizaje ocurrido (2) durante el primer movimiento; en él son puestos en práctica nuestros modos de ser y de actuar con los otros. Por último, el tercer movimiento de verdad o de entrega, se refiere a la confrontación que la propia existencia ha tenido de sí misma, situación que le lleva a contemplar la posibilidad de la libertad. La relación que los dos primeros movimientos sostienen con el mundo está orientada, como se ha visto, a la satisfacción de las necesidades para sobrevivir. En cambio, el tercer movimiento plantea retomar la existencia como una vida auténtica, reflexiva sobre sí misma y que busca la trascendencia a partir de la relación con los demás.

En este punto, Patočka señaló que durante el movimiento de arraigo y el movimiento de afirmación la vida es y depende del mundo en que se encuentra, primero bajo la forma de las estructuras afectivas humanas que se desenvuelven en su cotidianidad, entre Tierra-cielo como aquellos que conforman el espacio vital y proveedor de la subsistencia, y después con las relaciones de poder, entendidas como las que organizan y deciden los modos en que se han de satisfacer las necesidades . En este punto plantea que por hábito, las vidas distintas de la mía son (3) objetivadas y vistas en confrontación por mor de la subsistencia, entendiendo esto como la cosificación de una vida que me es ajena y como una actividad que vela únicamente por el beneficio propio. No obstante, el filósofo reincide en la importancia que el movimiento de arraigo ocupa en nuestra vida, pues es sólo desde el anclaje en los otros que yo he aprendido a hablar, caminar y relacionarme con el mundo en que me encuentro. Es este arraigo en los demás del que parte el tercer movimiento que contempla al otro como una extensión de mi propia existencia que, dependiente y entregada a esa otra vida que no es la mía, siempre me constituye. La comprensión de esta reciprocidad hace posible que identifiquemos nuestras actitudes y necesidades con otras que convergen en el mismo entorno; este encuentro con las distintas esferas descubre que, en realidad, se trata del mismo entramado vital al que pertenezco, y es entonces cuando velar, desde distintos campos de relación, una vida ajena a la mía, es no solamente válido, sino necesario para la continua subsistencia de la existencia humana. Ahora bien, la vida en libertad para Patočka tiene lugar después de saberse a sí mismo como una existencia insatisfecha ante lo que le es dado del mundo de objetivación, por lo cual, se halla en permanente búsqueda por la verdad; se refirió (4) a la libertad como un estado que lucha por despertar ante la imposición de un mundo objetivado y que apela a una renovación existencial que pone al descubierto la vida auténtica como la posibilidad de elegir sobre sí misma, vida que a su vez se (5) entrega al otro en la llamada a no disiparse de nosotros mismos . Nos hemos (6) olvidado de la idea del hombre que dice el filósofo- es la idea de la libertad humana, y es que en la posibilidad de ser libre se encuentra la continua búsqueda del (7) sentido, noción contrapuesta a la automatización en la que ha caído la propia existencia (8).

Sobre este punto, Patočka también señala la distinción entre vivir en ideología y vivir la idea. Por un lado, la ideología se sirve de la teoría que, regularmente, contempla la vida humana “desde fuera ”, objetiva su existencia como (9) un residuo cuantificable de la acción colectiva en los procesos históricos, y valora las actividades por los resultados prácticos en los que la vida misma es tomada como un medio para lograr un fin determinado. Por otro lado, la idea busca la realización interna del hombre, y en lugar de adoptarse, como la ideología, se le vive porque se ha llegado a ella desde la propia experiencia. Es en la libertad de decidir sobre nuestra vida donde se asume la responsabilidad que nuestros actos detonan desde cualquier movimiento realizado como idea encarnada, cuyo propósito optaría por la renovación de la existencia compartida; sólo desde la idea se concibe una verdad humana auténtica y última que parte de la propia búsqueda, pero que es (10) movimiento entregado a los otros desde el anclaje: vivir la idea, pues, implica hacernos uno con ella. La llamada interna busca la acción práctica, de modo que encarnar la idea no escinde del compromiso político que apela desde el entramado social al que estamos arraigados. Visto de este modo, no podría obviarse la necesidad de la replantear el quehacer de la propia vida en relación al mundo en que se halla inserta. Patočka escribió sobre el movimiento de la existencia humana por la inquietud de explicar la idea del hombre como una vida que encarna la libertad; asumida así, cabría detenernos a pensar en las consecuencias de nuestras actitudes cotidianas con los otros. La convicción de encarnar la idea podría ocurrir sólo después la caída de la propia existencia y desde su condición de lucha anclada en la reciprocidad social; el hombre procuraría trascender no como mera subsistencia, sino como la renovación interna que se traduce en acciones orientadas a cambiar el entorno donde se coexiste. Para lograrlo es necesario arremeter la cosificación de la vida diaria y pensar cómo nos relacionamos con los demás desde el anclaje en una intersubjetividad impuesta; podemos optar por la lucha ineludible que busca vivir en entrega al otro asumiendo la responsabilidad moral con implicaciones políticas, o huir de nosotros mismos en la propia objetivación de nuestra individualidad, pero ello implicaría darle la espalda a nuestro propio arraigo, al modo en que nos hemos adaptado, vivido y sobrevivido al mundo al que pertenecemos. Hasta ahora hemos hablado de los tres movimientos de la existencia humana como momentos de un tiempo presente y pensando en nuestra propia experiencia vital; si bien el filósofo señaló la importancia de la libertad del hombre para reparar en su propio tiempo, no obstante, la comprensión del arraigo no se atiene solamente a las circunstancias que enmarcan la vida de una persona en particular, sino a la situación general en que se halla inserto el hombre que se sabe partícipe de un escenario, de un espacio en común. La comprensión del campo habitado, según Patočka, no escapa de la descripción objetiva de la situación concreta, a pesar de que cada presencia diga de suyo algo acerca del espacio constituido; no existe una situación terminada, pues ello supondría un estatismo que la misma existencia no podría representar. En constante conformación, la situación es personal y a su vez pública, pues no exime la experiencia en conjunto de sujetos en permanente convivencia que, dentro del dinamismo, convergen en la situación que tampoco se ve aislada del arraigo histórico de que es resultado.

Poseer la expresión general de una época, o el presente vivido, es lo que posibilita formular una hipótesis de la génesis de dicha situación, es decir, la investigación de carácter histórico con miras a la confrontación práctica. En este punto, la situación del cuerpo vivido se inserta en el mundo como encarnación de los sentidos y atribuciones que nos conforman desde el arraigo, como resultado del modo en que hemos aprendido a vivir. Reconocer que se pertenece a un espacio en común deviene de esta comprensión del anclaje en tanto tradición, pero si se piensa dimensión histórica, podemos hablar no sólo de la correspondencia interpersonal de una situación en particular, sino de una integración general que enraíza en el entramado de significaciones que comprenden el campo vivido. Sólo sabiéndonos resultado de la concatenación de situaciones que nos definen por costumbre desde las objetivaciones históricas, es que podemos comprender que ese mundo de objetivación no está nunca dado y que, además tenemos responsabilidad por efectuar un cambio presente desde la pertenencia y la procura no sólo de sí, sino también de una humanidad que representamos en cada paso. Por eso el tercer movimiento de la existencia humana es el de la verdad, que desde la búsqueda constante por renovarse a sí misma, se entrega al otro, aunque el “hombre pueda compararse con una nave que necesariamente naufragará”, pues la pertenencia, anclada en la intersubjetividad, hace del arraigo el principio que posibilita la subsistencia de la propia libertad humana.


1 Cfr. Serrano de Haro, Agustín, “Presentación” en El movimiento de la existencia humana.
Traducción de Teresa Padilla Jesús María Ayuso y Agustín Serrano de Haro, Madrid, Ediciones
Encuentro, 2004, p. 10-11

2 Patočka, Jan, “El mundo natural y la fenomenología” en El movimiento de la existencia humana, op.
cit. p. 42-43
3 Ibídem, p. 43-44

4 Ortega Rodríguez, Iván, “Jan Patočka: abismo y libertado” en en Libertad y sacrificio. Traducción
de Iván Ortega Rodríguez, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2007, p. 9
5 Ibídem, p. 49


6 Ibídem
7 Patočka, Jan, “La ideología y la vida en la idea” en Libertad y sacrificio, op. cit. p. 53
8 Iván Ortega Rodríguez, op. cit. p. 11-12

9 Jan Patočka, op. cit., p. 52
10 Ibídem, p. 51

Bibliografía:
PATOCKA, Jan, Le monde naturel et le mouvement de l’existence humaine.
Netherlands, Kluwer Academic Publishers, 1988, 276 pp. (Phaenomenologica, 110)

_, El movimiento de la existencia humana. Traducción de Teresa
Padilla Jesús María Ayuso y Agustín Serrano de Haro, Madrid, Ediciones Encuentro,
2004, 283 pp. (Ensayos, 218)
_
, Libertad y sacrificio. Traducción de Iván Ortega Rodríguez,
Salamanca, Ediciones Sígueme, 2007, 398 pp. (Colección Hermeneia, 76)
_, De Platón a Europa. Traducción de Aurelio Galmarini, Barcelona,
Edicions 62, 1991, pp. 7-52
_
, Body, Community, Language, World. Translate by Erazim Kohárk,
Introduction by James Dood, Illinios, Open Court, 196 pp.
ORTEGA RODRÍGUEZ, Iván, “El movimiento de la existencia humana, de Jan
Patocka” en Daimon Revista de Filosofía, No. 36, 2005, pp. 159-168