Recuerdo con mucha gracia que cuando estudiaba para aprender a historiar, muchos profesores gustaban de decir que las personas que se dedican a entender el pasado, poseen cierto afán por encontrar piedras fundacionales o documentos que constaten el nacimiento de cierto acontecimiento. Hablar de los orígenes, a mi modo de entender, tiene que ver con la necedad de buscar un sentido que, trazando un largo recorrido entre siglos y legajos, pueda explicar algo de la manera en que experimentamos la vida. Es curioso que, a pesar de saber que no tenemos certeza absoluta de ninguno de los acontecimientos históricos, nos guste promover ciertos puntos de vista que permitan señalar que aquello que defendemos como verdadero es lo que realmente ocurrió, y no que es el resultado de un recuerdo que se ha constituido a partir de caprichos que rememoran y enuncian a conveniencia. Tampoco es que las cosas vivan y se sucedan solas, y no imagino ¿Qué habría sido de Roma sin la Lupa, Rómulo y Remo? En fin que eso no lo pienso yo; ya lo habrán dicho por ahí, y en efecto ¿Qué sería de mí sin el mito que creo de mí misma?

Desde que descubrí mi voz sonora, no la escrita, me dediqué a jugar con ella para conducir y presentar mis estados de ánimo, jugar con las apariencias funcionales y demostrar cariños sinceros; cuando supe que podía modular mi tono y trazar texturas con el sonido, no paré… y seguí. Recuerdo mucho que Alvar fue un personaje, en todo el sentido del término, que me incitó a experimentar. Es muy posible que él en aquel entonces no se diera cuenta de las implicaciones que su jugueteo tendría conmigo. Afortunadamente, cuando «conocí» a Alvar en TW, yo jamás me había enamorado, pero sabía lo que era sentir las presencias y consentir el habla, así que aunque a él jamás le escuché, supe cómo podría sonar su voz desde que comencé a leer sus aliteraciones, calambures y otros albures. Me parecía muy divertido e ingenioso leerlo, a tal punto que, una vez que comenzamos a escribirnos por mensaje privado, sentí fascinación por conocer a quien tenía esa magia con el lenguaje y con las letras. No era la primera vez que quería saber más de una lengua que supiera de lenguas, pero sí fue la primera ocasión en que alguien me invitó a jugar sin protocolos ni licencias; me divertí, pero también me decidí.

Por aquel entonces abrí mi primer blog, que alimentaba a veces más de una vez a la semana. Me hizo mucho bien leerme fuera de los marcos académicos que, si algo bueno me dejaron, fue la idea de no adherirme a la forma. Saber decir era más complicado que saber escribir, y aunque el orden nunca ha sido una de mis prioridades, teclear tanto sobre mis emociones, agobios y miedos me hizo reconocer qué era lo que me importaba contar, aunque fuera el arquetípico tema que venía tratándose desde hace más de cientos de miles de años en alguna tradición; no importaba más que la manera, «el estilo» o esa voz que, si ya sabía controlar en mi dicción, ahora me faltaba colorear e iluminar, según el tono con que quisiera pintar un recuerdo o una sensación.

Suena tan ligero y sencillo escribir, pero no lo es. Si algo me ha costado trabajo es dejar la sobreadjetivación y la mesura descriptiva que abandoné por completo cuando me hice fan de Mario Levrero, de quien admiré su tono fresco y desalineado, riquísimo de vida. A partir de ahí sentí, más no creí, que mi voz seguía y sigue escapando de mí. Aún hoy me cuesta reconocer que también he dejado de experimentar la escritura porque entré en un círculo de agobio en el que sentía, primero, que ya había dicho todo lo que tenía que decir, y luego, que no estaba hallado la manera de decir alguna cosa desde un tono personal. Evadí la hoja en blanco y temí de ella. Hubo un tiempo antes de esto en que también ficcionaba algunas de mis vivencias, tratando de jugar con los estilos y formas de narrar una historia; a veces también sostuve discreta obsesión por formas retóricas que retaban mi curiosidad, como las jitanjáforas, o el intelecto, como los palíndromos.

De todas las formas de decir que me intrigan, también me apena reconocer que nunca he podido lograr una carta, y ésta es la que últimamente más me lamento. Sinceramente, sé que sin haber sido amante, me habría salido mejor decir algo a una persona que no existe, alguien a quien dedico una parte de mi fragilidad; pero ese caso fantástico no se ha dado, y es aquí cuando me duele que «de facto», amar sea algo que sí he vivido, pero no puedo siquiera describir, y es esa la razón por la que me hallo aquí. Siento que tiene un rato que no consigo decir algo que venga de adentro porque la voz quizá nunca estuvo ahí. A falta de tiempo, creo que una de las mejores fantasías sobre mi escritura, dirigida intencionalmente a un lector, la he tenido conversando con un recuerdo sobre mi almohada, pidiendo a esa piel lo que no podía ser y evocando memorias que como perfectamente sé, ordeno y sucedo para la trama que mejor me reconforta. A veces, también, prefiero narrarme saqueos y guerras, botines que merman el tesoro material de algún reino y dejan desprovistos al orgullo e identidad de los habitantes… a veces me conviene saber que ningún suceso pasado es importante si no se le nombra en tiempo presente, pero también sé y reconozco, que las historias a veces no tienen nombre aunque «el hilo y las huellas» dejen desposesiones y exilios en la memoria.