Hace un par de semanas mi abuela me contó por teléfono que estaba muy triste porque uno de sus compadres, que conocía desde que eran adolescentes, estaba muy grave de salud. Mientras me compartía algunas de sus anécdotas, ella recordaba con cariño que su abuela, siempre que se enteraba que algún conocido o familiar había enfermado, iba a visitarlo tanto para hacerle compañía, como para ayudarle con la limpieza o la comida; mi abuela, entristeciendo su tono de voz de nuevo, me decía que lamentaba no poder ir a Guadalajara para cuidar de su compadre. Unos días después, él falleció. «Así es esto… ya nos irá tocando», me dijo con cierta resignación, sólo para finalmente agregar, aunque ya con un tono de alivio: «pero ya no está sufriendo; estaba muy enfermo.» A pesar de que la actitud de mi abuela no me toma por sorpresa, no deja de provocar asombro el cariño que mantiene por los enfermos, en general, y el respeto y aceptación que sostiene ante la muerte.
De algún modo, la enfermedad es una condición que nos habla de las deficiencias de la salud. Estar sano, asocia muy libremente Alejandro Rossi, tiene que ver con la robustez de un cuerpo que proyecta una piel rosada, un cuerpo «elástico y rozagante»… un cuerpo sano goza de su movilidad mediante «bríos fáusticos», y vive plenamente sin dolor. Esta definición, ligera pero tradicional, omite un par de complejidades en torno a la enfermedad y la salud, que en la habitual forma de dividir al cuerpo de la conciencia, olvida que también la vida psíquica puede enfermar y caer en un estado «tenso y difuso» dentro del cuerpo propio. El dolor, anotado lo anterior, puede ser bien corporal o psicológico. Por otra parte, solemos referimos a la enfermedad y al dolor como estados de suyo inherentes al cuerpo, como si éste naciera sano -cosa que sabemos que no es verdad para muchas personas- y solo deteriorara su salud conforme se desarrolla la vejez, haciendo de la enfermedad algo que puede prevenirse mediante el cuidado de sí* y la aplicación técnica de la medicina. Pero ¿cómo podríamos aplicar el mismo cuidado a lo que ahora llamamos «salud mental»? La distinción entre la enfermedad natural, o con la que se nace, y la enfermedad que “aparece” y se desarrolla en un cuerpo o una mente que gozan de salud, es fundamental para comprender eso que llamamos la cultura y civilización médica**.
En su Némesis Médica, Iván Illich habló de la cultura médica como la que nos prepara para hacer frente al dolor, a la enfermedad y a la muerte, a partir de vivirlas como «experiencias esenciales con las que cada quién tendrá que habérselas» en un proceso natural de padecimiento del cuerpo, que confronta desde su unívoca soledad, afecciones físicas y morales que le conducen a buscar la dignificación de la propia circunstancia, que duele y ha de superarse. Ocurre lo contrario con la civilización técnica que «niega la necesidad de que [las personas] acepten el dolor, la enfermedad y la muerte […] suprimiéndolos» mediante una institución que proporcione fármacos que mitiguen no solo estos males, sino también su significado cultural en la confrontación y su respectivo aprendizaje. Según Illich, siendo «consumidores de anestesia» dejamos al cuerpo ceder ante el control técnico de las sensaciones, las experiencias y las expectativas. «A medida que la institución médica se apropia de la administración del sufrimiento, disminuye mi responsabilidad por mí y tu sufrimiento» (Illich, 1975, p. 117-120)
Si fuéramos lxs lectores descuidadxs que se quedan con las pocas líneas que cito de Némesis Médica, se mal entendería que Illich romantiza las afecciones y malestares que aquejan al cuerpo y a la mente, al sugerir que dejarse padecer acontece como un evento que da algún significado a la vida y devuelve a la existencia el sentido de experimentarse siendo un cuerpo en y para sí, y en relación a lxs demás, pero ¿es necesario dolernos para fijarnos en la importancia de sabernos sensibles ante una vida digna?
Susan Sontag analizó cómo la enfermedad es históricamente resignificada por su horizonte social y cultural, que bien la idealiza como un estado deseable ante los ojos de quienes estetizan los signos de desgaste corporal (por referirse a la tuberculosis durante el romanticismo del siglo XIX), o bien diseminan prejuicios acerca de la condición de un cuerpo enfermo, como discapacitado o como contagioso. Seguido a esto, viene la segregación y el rechazo; ergo, la soledad. Entonces, ¿cómo habría de dignificar la vida un prejuicio como éste último, nacido dentro de una circunstancia histórica? Illich aborda la enfermedad como el estado que reconoce la soledad en su estado más puro, pero ¿hemos de enfrentar la soledad para re-conocernos y avivar aquello que la sanidad nos arrebató por la habitualidad de sus bondades? Por lo que vemos, pareciera que es necesario enfermar y perder el equilibrio, o eso que llamamos “estabilidad”, para llegar a conocernos de otro modo distinto del “habitual”, donde la “enfermedad como metáfora” es el estado que apertura un nuevo significado para marcar la diferencia entre un antes y un después, entre «estar enfermo» y «estar saludable».
Para Virginia Woolf la enfermedad fue olvidada por la literatura y las artes desde que, si nos enamoramos o experimentamos algo que identificamos como un bello sentimiento, leemos a John Keats o a Shakespeare para reflejarnos en sus pensamientos, pero al buscar ecos sensibles que reflexionen un padecimiento, descubrimos que el dolor no es algo de lo cual abunden referentes literarios, pese a la gravedad y hondura de un estado mental o corporal igualmente afectados. Para ella no se puede huir de la enfermedad y se la acepta como condición natural de quien la padece, pero escribir sobre ella es importante por lo que ésta afecta al ánimo y a la vida, y porque en esa enfermedad [ella, Woolf] se vive, se experimenta, y se duele. Aún esto último, la afección mental, sea como una condición de nacimiento o de desarrollo, también se afronta desde un tratamiento medicado que ayuda al paciente, enfermo, a sobrellevar su dolor.
Dichas algunas de estas cosas, ¿cómo podemos habérnoslas con nosotrxs mismxs cuando el dolor es insondable? Cioran habló del tedio como la más corrosiva evasión de sí mismo; taparse los ojos con lo mundano, hace de la piel como cuerpo y del dolor como conciencia, caer aún más al fondo de “esa enfermedad” que no hace ningún esfuerzo en buscar nuevas formas de estar en el Mundo.
Y es así como nos encontramos de nuevo ante el dilema entre pensar en las subyacentes virtudes de la enfermedad idealizada, y el pensarla como una aflicción que debería tratarse con la seriedad y lejanía con que se merece. Pero entonces, ¿cuál es la enfermedad que necesitamos? ¿Existe esa ansiada llegada a un estado de superación? ¿Se logra esa resignificación de la vida únicamente a partir del uso de fármacos? Habremos de sentir dolor, enfermar en algún sentido y experimentar la muerte de algún ser querido para comprender, cada unx en su soledad, si aquellos males son edificantes o destructivos, pero alejarse de sí mismx y des-cuidarse en una cultura que deja todo en manos de expertos de la salud corporal y mental, representantes de la institución médica que “repara” cuerpos-engranajes y los hace seguir funcionando, no suena a la mejor elección. Quizás la salida fácil sea ceder al sopor y adormecer con píldoras la indiferencia y volver al tedio enarbolado en sí mismo.
Siempre he pensado en Ciorán como el pesimista positivo, pues no existe ninguna esperanza que no nazca más que de lo que más nos duele. Esa negatividad sea, quizás, uno de tantos movimientos hacia la re-constitución de la dignidad humana y la apertura a buscar una vida diferente. Como colectividad, a veces siento que es posible que aún falte dolernos más para hallar esa nueva senda.
