>>>hemos escuchado decir que lo único que nos llevamos a la tumba es lo bailado y lo vivido; todos aquellos episodios en forma de con-vivencia o solitarias travesuras, emociones profundas, tedios, ansiedades, sentimientos y sus afectos, no quedan más que en… recuerdos; recuerdos que también mueren cuando la carne deja de estar viva. el «no llevarse nada» se dice tanto que la saliva lo diluye, y el significado de que lo material se queda y nosotros nos vamos, no cobra su sentido más hondo sino hasta que unx de nosotrxs, en efecto, se va. pero como no sé cómo entender la muerte, ni el teatro mágico de la memoria, vengo aquí a:

RECORDAR // recuerdo con cierto recelo que la «labor» de unx historiadxr es la de velar por lo que ha pasado en el pasado -valga el homógrafo y el bonito acontecer de las palabras-. durante años, años en que dediqué mis días a ser estudiante de historia, leí, pensé y escribí sobre las formas en que la humanidad ha decidido recordar lo que gustamos de decir que es histórico; ¿histórico por qué? ¿según quién? ¿para qué? ¿qué es eso de «la historia»?, preguntas todas que fueron el pan de cada día para tratar de imaginar cuál era el capricho del orden divino a merced de un dios, de la naturaleza, o del libre albedrío, o del misterio que envuelve el acontecer de la vida y de qué o quién ordena sus formas. mucha sed y mucha angustia. entre tantas interrogantes, nimias para la cotidianidad contemporánea, por supuesto, lo más reconfortante era pensar que una manera de acercarse a la verdad de aquellos misterios, se encontraba en lo que denominan vestigios históricos: migajas, hilos y huellas, registros físicos y testigos multiforma del paso del tiempo, escombros de una horda humana acumulada durante más de cinco milenios… imagínate: ¿puedes realmente imaginar todo ese transcurrir del tiempo, en una sucesión de eventos nimios y cotidianos? y sin existir el internet, además, ve tu a saber… qué hueva, ¿verdad? solo nos queda recordar, y recordar a medias una fantasía que no conocemos más que a través de todas esas anécdotas inscritas en papel, palacios, y rumia.

>>>cuando amiel murió no pude más que pensar que había perdido a quien había influenciado tanto en mi forma de vivir. amiel fue como nuestro hermano mayor. amiel jugaba con nosotros, correteándonos por toda la casa con los párpados al revés y simulando ser un zombie; corríamos, dábamos portazos, trepábamos las escaleras y él se colgaba de los barandales. nosotros, de unos 5-7 años, pisábamos sus dedos para hacerlo «caer»; él fingía su caída y mientras mi hermano y yo gritábamos de susto y decíamos que lo habíamos matado, nos encerrábamos en el baño mientras que él aprovechaba en ir a la cocina y untarse catsup en los labios, así cuando nos volvíamos a asomar, él «revivía» y seguía persiguiéndonos, pero ahora más feroz y aterrador… más muerto. amiel era oscurito por su propia vida familiar; familia que siendo mía, apenas empiezo también a recordar. siempre me hablaba de películas y literatura de vampiros, de música «darks»; usaba calaveras y mucho vino de él. luego crecimos. luego murió. un abismo se asoma aquí al deliberadamente no querer recordar; pero al no enunciar todo lo que pasó, ¿duele menos?, ¿algo cambia?, ¿conviene o no recordarlo? amiel murió y lo perdimos a él, aunque al recordarlo, aquí sigue.

saber OLVIDAR // es otro arte del que no se habla mucho. existen recursos mnemotécnicos que permiten crear «mapas mentales», teatros de la memoria que son artilugios para poder recordar con precisión todo un universo de cosas. con sótanos, bodegas, primeros y segundos pisos, habitaciones, armarios, baúles y cajones en dónde encontrar una imagen distinta cada vez, la imaginación teje con urdimbre simbólico todo lo que buscamos recordar. ¿pero recordar limita al pensamiento a sólo rememorar lo que yace oculto en cada rincón del receptáculo de la memoria, siendo ésta la figura de ese teatro viejo y empolvado? ¿podemos imaginar que recordamos otra cosa? recordar se vuelve cada día más difícil cuando nos confiamos de que todo queda guardado en la nube; sin anotar y sin memorizar, la impronta de lo significativo se disuelve en miles de screen shots, chats de whatsapp y el google drive. aunque como ya se sabe, la catástrofe es muy mi tono, pero no quiero ser hipócrita al no admitir que me encanta revisar google photos para saber qué hice el verano pasado… y aún así, ¿debí tirar más fotos? recordar, ¿para qué? diría el anti-Funes, el memorioso.

>>>hace unos meses leí que nos enfrentamos al estado de duelo de forma más habitual de la que creemos. día con día nos aventuramos a tomar nuevas decisiones que silenciosamente nos van orientando a cambiar nuestro rumbo: cambiamos el gusto por la sal al dejar el azúcar, al preferir los tonos neutros en lugar de colores vivos en la ropa, escuchamos corridos tumbados y dejamos atrás el reguetón… cambiamos de marchante en el mercado un día para probar, y luego se vuelve el nuevo favorito; cambiamos de acera, de comida favorita, de corte de pelo. dejamos un trabajo. nos alejamos de personas. nos mudamos. cambia el verano por el otoño y pasan los años: somos otrxs. morimos. no queda de otra más que abrazar el cambio, porque es lo único constante. dejar ir y soltar un temple, o el colorido que tuvo algún periodo de la vida en días, meses, años, no es fácil si nos pensamos aprehensivxs de lo conocido como lugar seguro; así cuando el helado de fresa se acaba y vas al super por otro y solo hay de vainilla, ¿cómo puedes resignarte a un nuevo sabor? ¿es mejor elegir nada? volver a casa sin helado es duro, pero aprender a soltar el capricho y recordar que el helado de fresa fue bueno mientras duró, reconforta, y no obstante se siente un vacío y la falta. hemos dejado el periodo del helado de fresa y comienza la era de pelar toronjas.

MORIR // constituye el último designio de la vida. y vivir siempre se antoja bien: vivir con salud y vivir «feliz», vivir con todos los placeres que signifiquen vivir «bien». pero vivir también duele, y lo he sentido y recordado desde que era niña, cuando una vez hice un berrinche que me llevó a maldecir a esa idea que tenía de dios. «te odio», le dije, y luego nació la culpa que idiosincrática, comenzó a vivir en mí. nunca he sido devota ni persona de fe, y a veces, solo un poco, lo lamento. mi asidero no tiene raíces, pero sí esperanzas y sueños que por su misma naturaleza, penden del ánimo y su aliento. la viveza del alma se llama inspiración, como el propio acto de inspirar aire al cuerpo para mantenerse vivo; la inspiración insufla y asciende con aire a la vida. sin aliento muere la carne; tan simple y tan oscuro. sin quererlo, todo me remite a dante y su beatriz, divina y luminosa, vida que para él era amor. amor que ulteriormente, era también una forma de la muerte.