El bueno, el malo y el feo.

La curiosidad por explorar un lugar siempre nos pone en marcha, pero la elección entre tomar uno u otro camino reside en la forma en que pensamos y juzgamos el campo por descubrir, para finalmente tomar partido de nuestro andar conducidos por las apariencias del espacio transitable. No obstante, esa espacialidad está construida de cosas que han sido dispuestas en el mundo desde antes que formaramos parte de él, y son esas disposiciones las que adoptamos y por las cuales determinamos que una cosa es de un modo u otro. A su vez, la espacialidad es habitada por otras presencias distintas de nuestro propio existir, de modo que siempre compartimos las formas de referirnos a esas cosas, o aún más, a las personas. El espacio no sólo refiere a objetos que nos interceden, sino a los otros que lo habitan.

          Las apariencias siempre nos antojan decidir que las personas son algo; que son por su vestimenta o sus pertenencias, por su estatura y su físico, o por su trabajo y actividades. Pero son nuestros prejuicios los que han elegido seguir una ruta transitable demarcada por líneas rectas, curvas o quebradas, como formas de dirigirnos a esos que no son algo, sino que son alguien. De este modo, constituimos el espacio común, habitable a costa de otros que suponemos deben cumplir un rol según nuestra propia perspectiva, generalmente, limitada por convencionalismos sociales.

          Involucrarse con el espacio habitado y quienes se hallan en él es la propuesta de Camelia, quien mediante una traza insinuada en el piso, invita a circular entre personajes que, determinados por la visibilidad con que nos aparecen, suscitan un juicio acerca de su condición social y moral. Con un andar mediado por el camino marcado, como si de prejuicios arraigados se tratara, el trayecto entre un muro y otro conjunta las piezas en un sólo punto, que es la mirada de quien se dirige a ellas desde la compenetración de frente o desde las alturas de la visión, que supone un colocarse ante otro alguien que cohabita con la propia espacialidad. La aproximación a la personalidad de los individuos hallados en cada pieza compromete al espectador a saberse presa de los juicios con que ha caminado hasta ellos, los pone en entredicho para incitar una nueva mirada que ha de comprender desde lo que aparece, y no escapa de enunciar quién es quién.

Es así como habitamos y somos habitados por presencias indisolubles, cuyas identidades son construidas desde la acción de tomar partido, de involucrarse. Pero saber “quién es quién” reside únicamente en la elección del acuña, sea siguiendo una ruta marcada, o sea desde la libertad de ponerse en marcha por sí mismo y llegar al otro reformulando el juicio sobre las apariencias.

Montserrat Salazar Sánchez

 

Curaduría de la exposición individual El bueno, el malo y el feo de Camelia Estefes del Colectivo Absurdas, Galería Medio Estudio. Diciembre 2016

Camelia Estefes políptico

Conjuntos (políptico), Camelia Estefes, 2016, Óleo sobre madera, 15 x 15 cm c/u