Hace un par de años decidí escribir una pequeña historia acerca de la zona pedregosa que inunda las ruinas de la antigua pirámide de Cuicuilco, que es uno de mis lugares favoritos al sur de la Ciudad de México. La añeja presencia de la lava del Xitle, distensa  en la dureza que ha cultivado al pasar de los siglos, no ha impedido que el verdor resplandezca entre lo que, rumorean los geólogos y algunos botánicos, es la tierra más fértil para engendrar la vida; justo ahí crece y abunda el tepozán, árbol endémico del Valle de México.

A pesar del caos periférico que acorrala la más álgida nostalgia por nuestro [aún] desconocido pasado, autóctono y retraído, el paisaje cuicuilca florece en la vigencia de un axis mundi sagrado no sólo por la belleza de su calendario astronómico tendido al horizonte, sino también por la arquitectónica ofrenda que ha dejado la más devota espiritualidad, tanto como el colérico rugir de la tierra a la que pertenece.

Las imágenes que vienen a mi cabeza luego recordar la catástrofe que dejó a los habitantes de estas empolvadas piedras la monstruosa explosión del volcán ahora inactivo, favorecen, triste y afortunadamente, la postura del tepozán como el árbol más fuerte de la Ciudad. Plantita que crece en los rincones y los escombros, paredes macizas, jardineras o entre la misma sequedad de la lava volcánica, emerge ella ante mis ojos como un símbolo inequívoco de la esperanza: del áspero rigor de cualquier oscuridad enraíza su verdor, que de su brillo hecho de ojos de agua, nutre los alientos y hace al viento más transparente.

Fue bajo la forma de cinco haikus como quise imaginar esta historia que habla de nosotros, cuerpos basálticos con alma de tepozán, que somos los renegados hijos del maíz y afortunados, habitamos en el ombligo de la luna. 

 

 

Muere la luz

de tanto ver al sol,

no hay destello

 

 

un tepozán

en el valle volcánico,

triste guarida

 

 

reina silencio 

en sendero perdido,

brota rocío

 

 

bajo la luna

nace una luz verde, 

maíz dorado

 

una jacaranda 

desamarra su pelo,

llueve morado

 

Mayo 2017


 

 

cálida noche

de primavera donde

canta el grillo

 

 


 

 

tarde de lluvia

ligera: al sol las

alas del colibrí

 

 

 


 

al sol su ojo

acaricia un pétalo

viento suspira

 

 

 


 

del alto tallo

germina de adentro

la miel del sol

 

 


 

su semen sobre

mi espalda en noche

de litigio