Una palabra es más que su significado convenido y arraigado a una circunstancia específica. Sabemos de ella por un sonido que la dice, que la aparece como la plasticidad que impera en la expresión de nuestro pensamiento, y como manifestación que ansía delinear los contornos del mundo que ha dejado impresiones sensibles en nuestra atención, siempre difusa.

Un concepto es susceptible de ser estudiado a partir de los cambios que su uso ha tenido a través del tiempo, o bien, puede ser analizado desde la estructura lógica que implica su enunciación formal. Pero en cualquiera de los casos anteriores, el lenguaje nos rebasa por la maleabilidad de su empleo y consecuencia de ello, es que no fácilmente reparamos en los modos en que arbitrariamente empleamos sus personificaciones desde nuestra propia lengua, con una voz y un rostro indefinidos.

Podemos decir que hablamos del lenguaje e inmediatamente nos pensamos usuarios elocuentes de algún significado, y aunque lo que se diga quiera decir lo mismo, cada palabra nos hace pensar en figuraciones distintas sobre lo que estamos diciendo; es como si cada uno de los términos tuviera una forma y un color que, superpuestos unos con otros, nos hacen reflejar distintas apariencias y nuevos colores, como si de un teatro de sombras se tratara. El ritmo de la fonética nos condiciona a pensar en la armonía o el desorden de la expresión que, en cada caso, se refiere a un mundo experimentado.

Durante un año, la Palabra favorita de la semana ocurrió como una observación al vínculo que el significado de un concepto puede sostener con el tono de su propia enunciación; entre notas y texturas cada palabra aparecían para entonar un tempo asociado a mi propia experiencia anímica, que semana tras semana tuvo una aparición distinta de la anterior y que, no obstante, guardaba relación con un discurso que a lo largo de un año fue consecuente en mi cotidianidad. Como un juego, dicho sea de paso, cada palabra se acomodó a un paisaje que aludía a la tensión de su propio acontecer.