Iban tarde, como acostumbraban hacer. Él arrojó su cigarro al piso y con inusual brusquedad cubrió la ceniza con la suela dolosa de sus botas de tela. La urgencia por apagar el fuego contrastaba con la modorra oculta entre los cargados pliegues que alaban sus ojos hacia su propio tedio.
—Nos va a dejar el avión, el vuelo sale en 77 minutos.
Caía el agua. Llovía tanto como cuando la abuela se ponía a regar sus plantas un domingo por la mañana, llenando al tope todas las macetas con una larga manguera anaranjada, vieja y rota. Al bajar del taxi no podían andar a prisa entre charcos que hacían lentos sus pasos, y no obstante, caminaban con tono de huida entre las aceras de la ciudad. Ya era de noche cuando llegaron corriendo a la terminal; el disgusto de ambos se acomodaba entre la tosquedad que asomaba de las narinas hinchadas que él no podía ocultar y la recurrente mueca que ella jalaba con los labios hacia su lado izquierdo. Llegaron aturdidos a documentar sus pertenencias, y mientras recobraban el aliento cansado y lastimoso, sin hablar, uno se acercó al otro para coronar el sinsabor con un abrazo enternecedor. Trago amargo, saliva incómoda que más que aliviarse, apelaba al olvido de aquel malestar que acontecía en medio de luciérnagas desubicadas. Habían perdido la orientación de su paseo luminoso, habían perdido el vuelo.
