Hablaron sus ojos de un tiempo lejano, tildando de apercepción los ladrillos blancos y embadurnados de brillo, humedad de marzo y abril, entre persianas con vista al pasto y olor a quemado con vértigo de ula-ula.
-Se perdió, se extravió la carne- Advertía.
Metió las manos dentro de un par de cajas ya amorfas de tanto tapar y destapar. No hallaba los botines negros de gamuza y quería usarlos esa noche. Faltaba una caja, la que contenía los libros de poesía; ya tenía moho y un olorcito rancio en su interior. Hurgó dentro y se encontró con polvo blanquecino y mil palabras en forma de espiral, planas de letra cursiva que no conseguían la forma que debían tener. No sentía la voluptuosidad de sus curvas. Incontables repeticiones salían de los márgenes como enredaderas con hojitas en forma de corazón, todas decorando la casa minimalista. Uno que otro renglón evidenciaba la pulcritud de un ansia contenida, reservándose el derecho a dudar para caminar sosegadamente entre las tintas sintéticas color marrón y verbos muy mal entonados. Una tras otra, la carne venía entre golpes forzados, últimos recursos de un aliento agotado por la vejez. «Si yo sigo vivo, es por ti», repetía hasta el desuso con modestia incomprendida. Hora de cenar. Vino el sinsabor de la entrada y después la tortilla amarilla y espesa, floreciendo entre nopaleras vítreas y los contornos azulados rozando sus labios; hubo borrachera y manoseos fortuitos sin algún pudor, y la piel entintada combinaba con la hinchazón de su carne.
-¿Te gusta?
-Me encanta.
Ninguno tenía certeza de su propio placer, pero se contentaron con dormir toda la tarde, entre libros cubiertos de ceniza y labios de sazón perspicaz. Amanecía al pie de un volcán, parecido a los que pintaba José María Velasco en la cajita de cerillos. Entre líneas, él entonó su silencio.
