Me duelen las manos. Cuando sudan, el touchpad no me siente y se queda inmóvil rumbo a la dirección a donde le ordeno ir; duerme estático, como si mi ansiedad traspasara los márgenes de lo intangible y tocara morruda las cosas. Mis dedos siempre buscan pretextos para quejarse del dolor; a veces encuentran su caricia estridente en callejones atascados de gente, y a veces, vienen los golpes en compañía de pocas personas. Esta es una honorable distinción de la que ya he hablado, y muchas veces me han escuchado decir que prefiero pensar en personas antes que en gente, porque esta última designa un tono despectivo, como si de cosas se tratara; de masas, masitas y migajas, todas en el mismo paquete. En un par de ocasiones le conté a Roberto de mi pesar, de mi asombro por saber que él podía encontrarse cada noche con toda la pena que traemos desde hace siglos; por saber que cargar eso cuesta arriba es un peligro en más de un sentido, porque puede llevarte a una ambición vanidosa, más que a resolver algún misterio vital para poder dejar la mejor versión de ti en cada cosa que haces. Sabíamos que hablar ante alguien que espera algo tuyo puede ser un breve desahogo, y yo dejé algo mío siempre, hasta que pude vaciarme del tono amargo para habitar un gris silencioso. No podía contenerme cada que me descubría hablando con textura escabrosa hacia la pared, sentada encima de la mesa y queriendo provocar un incendio en un pequeño salón. Hablaba desde mi temor por conocer lo poco que yo sabía y por mi especulación acerca de las consecuencias de lo que podía decir, pero la verdadera pesadilla venía cuando reconocía que los sonidos articulados para aliviar mi dolor serían apenas un soplido ante un maremoto llamado tradición; un nuevo tiempo cada vez, cambiante y constante en su devenir. Vi palabras replicando que somos gente, antes que personas, y me dolió cada queja e interrogatorio expuestos en el aula, que eran mi propia pugna puesta al servicio del público, una intimidad develada que señalaba cada error mío; me gustaba ir reafirmando mi imperfección, me gustaba improvisar y esperar que pudieran seguirme el juego. Todo ocurría en un parpadeo entre el hoy y la eternidad que nos hermana con la indiferencia, presente en cada año y en cada siglo en que nos descubrimos siendo siempre humanos, hablando al vacío desde la vaguedad de una angustia intermitente. Duele
Y sí, todo ocurre en un parpadeo los miércoles por la tarde, a veces los sábados; corre del pecho un ahínco emocional que te hace trotar hacia los rincones más desolados del mundo, donde habitan árboles secos de los que cuelgan cabezas de maguey. Un parpadeo ya es decir mucho, porque apenas escribes la P, los pliegues que recubren la carne ocular ya han urdido el rocío de la mañana con la bruma nocturna, han deshecho el mar sobre la arena. Es incontenible su fugacidad iracunda golpeando miles de veces las paredes de concreto con un sólo cabello, es el fragmento de un segundo que se arrastra, como la acuarela sobre toscas cerdas que entorpecen su cuerpo. Apenas las pestañas se tocan amanece la euforia de entrelazar su negrura, como piernas calientes y sudorosas al rededor de tu torso una tarde de viernes, con el vaho secreto entre abrazos torpes; ya se han separado y golpea un nuevo color su pupila iridiscente, tildando cada rincón con las imprudencias de la triste carne, la que el tiempo roe desde cavernas de cera. Un parpadeo, como el que Angélica miró en mí en aquel segundo; un pestañeo que dura toda la vida, como el dolor que no comenzaba con tu presencia en la banca silenciosa, pero sí con un mirarnos que terminó con nuestra ceguera de color, la más dolorosa de todas.
Angélica fue mi alumna por aquellos días en que el amarillo aún era un color repugnante para mí; ella me dio, después de una amarilla tarde de viernes, este hermoso regalo.

