I

Es difícil percibir el estruendo que produce el silencio, pero mira, tienes que prestar demasiada atención, porque muchas veces la luz azul se confunde con la amarilla si nuestro ojo no está bien entrenado para esquivar los obstáculos de nubes que, obstruyendo el paso del sol, inclinan con su sombra la balanza para un lado o para el otro. ¡Pero Shhh! parece que no entiendes que a quien esperas nunca se le hace tarde y que llega cuando tiene que llegar; no anuncia su presencia hasta que lo tienes de frente, con los ojos bien abiertos mirándote sin parpadear… ¿Escuchas esos ruiditos? son pájaros por aquí y por allá, cantando con el viento y presintiendo la lluvia a punto de caer sobre la selva. A pesar de todo el alboroto que trae la caída del agua sobre las hojas, ellos han comenzado su recital taciturno sin parar, mientras que algunas gotas diamantinas  se encuentran con el sol formando una cortina de plata que juega a vestirse de oro. Tanta lluvia nos ha mojado los tenis y parece que es mejor andar a tientas sobre el lodo con los pies desnudos; si caminamos así, sirve que sentimos la tierra, las hiervas y alguna que otra piedra. ¡Cuántas texturas!, ¿Las notas? En fin, mira que se ha comenzado a despejar, aunque mojados y expuestos a la intemperie ya estamos. Es un mundo salvaje y lleno de contaminación: cascajo, exceso de luces artificiales y ruido… Ya sólo nos queda la ropa húmeda para continuar, pero para secarla, podemos, si no es que debemos, bailar.

 

II

Desde hace unos meses traigo atravesada una atmósfera que me temo me llevará un largo tiempo disipar, y tanto me atraviesa la vista que la hice el propósito de mi investigación en curso, que no solamente trato desde algunas lecturas y momentos vagos de la noche, sino que llevo conmigo a todos lados. Fue un arranque el que me llevó hasta ese café, en el que me acomodé en la mesa de un desconocido que partió luego de que yo me sentara a hacerle un poco de compañía desinteresada; vi su nerviosismo y yo fingí indiferencia, a pesar de empezar a sentir arrepentimiento. Abrí mi libro ansiosa, pues me había quedado en la parte más interesante de aquella entrevista a Grotowski, en la que resumía en qué consiste su teatro pobre. Reiterando el ascetismo y la espiritualidad del actor, aludió brevemente al ejemplo del oficio del pintor y del escultor: el primero agrega cosas y capa tras capa, suspensos, líneas y trazos, adhiere colores mediante el artificio de la luz, mientras que el segundo, elimina lo que le sobra a la materia y revela lo que yace escondido en ella. Nada tan simple e ilustrativo como esta comparación: el arte no está en las cosas, sino en la intención de quien toca esas cosas; ora bien, se pueden sumar o restar presencias o espacios, mas Grotowski nunca habló de «cultivar» lo que ha de germinar. Para él, el actor se asemeja al escultor cuando trabaja consigo mismo en la autopenetración, en un andar interminable en el que analizarse no es un ejercicio, sino una necesidad «que busca su verdad íntima y su sentido vital», quitando de encima el artificio de aparecer frente al otro con múltiples máscaras. El actor se desnuda y muestra una parte desconocida, oculta de sí mismo, cuando comienza a actuar. Luego interrumpí mi lectura porque sabía que pronto comenzaría la función que esperaba con muchas ansias. ¿Qué quería ver y escuchar, realmente? Después de cerrar el libro ya no lo sabía, pues traía en la cabeza la idea del cultivo y rumiaba curiosa sobre lo que implica la puesta en escena arrojada al otro desde sí mismo; pensaba en el desentrañar  de las atmósferas, y la famosa tesis del colorido de la vida de mi tutor, el Dr. Antonio Zirión. Camino al teatro recordaba  la primera vez que escuché la voz juguetona de David Byrne; no sabía quién era, pero no olvido que fueron sus altos y bajos con agobio y ternura interiorizada, los que me hicieron temblar por la fuerza con que se precipitaba en la música. Temas simples y melodías experimentales con ritmos de todas latitudes, perceptibles a un oído que desea detenerse a entender y a un cuerpo que busca unirse al tempo, me gustaron no más que su personalidad. Siempre he encontrado atractivas a todas esas personas que hacen un llamado discreto a no obedecer a nadie que no sea uno mismo, desde el intento reiterado de hacer nuestras las cosas por encarnarlas y no por su uso y costumbre, para luego hablar de ellas desde lo que viene de las entrañas como un grito maravillado por existir o por la angustia de no saber.

 

III

Siempre es más cómodo alojarse en un espacio que ya ha sido ambientado para ser habitado. El color de las paredes, los muebles, los cuadros y los aditamentos decorativos son necesarios para generar la sensación de bienestar, que es como buscamos que sea un hogar. Pero partir de cero es fundamental, y se piensa que quien no cuida esos detalles, es falto de creatividad o no se interesa en esas cosas banales, en las apariencias. Hace un par de años comencé a pintar mis uñas, y decidí que, además de gustarme por dar otro tinte a mis manos, jamás dejaría que el esmalte quedara corroído por los días; más que vanidad, es una cuestión íntima: creo que el cuidado de mis uñas refleja el modo en que internamente me siento, y cuando las dejo desgastarse, es cuando el desgano ha triunfado en mi ánimo. Detesto la sensación de hastío, y a veces me pregunto en qué momento hemos dejado de prestar atención a cada gesto, ya sea el propio o el de cualquier persona que se sitúe cercano a la mirada; me gusta ver a las personas, sus rasgos y los hilos faciales que conforman su expresividad, la risa y el enojo, el amor, la indiferencia y la soberbia asomados entre las fosas nasales al dilatarse o entre los incontenibles surcos del tiempo convirtiéndose en arrugas… Cuánto dice cada segundo y cuánto más decoramos la casa.

 

IV

Hay que despojar la experiencia común para recordar que hemos sobrevivido. La [mala]costumbre siempre nos lleva a decir qué es normal y qué no, qué lleva un orden y qué ha sido alterado; el prejuicio de lo que tiene que ser nos mantiene atados, y sin embargo, no fueron estas limitaciones las que en el pasado empujaron a más de uno a pensar en nuevas maneras de ver el mundo, ya  ni digamos replantear el asunto de experimentarlo. ¿Cómo tumbar nuestros tabúes, acostumbrados a cualquier cosa, para atrevernos a caminar como ciegos sobre un terreno inhóspito? Bueno, pues sea quizá andar descalzos el primer paso, el que nos ayude a palpar qué se está pisando para saber qué podemos esperar más adelante, tocando con inocencia desnuda para ver con transparencia el hilo que teje el espacio que se despliega ante nosotros. Sin percibir formas definidas que den continuidad entre múltiples sensaciones emergentes, uno se enfrenta a algo que en apariencia no tiene sentido, pero si nos dejamos sorprender y resquebrajamos la normatividad que impera en nuestro encuentro con las cosas, todo vuelve a ser nuevo, como una puesta en escena que es diferente cada vez por representar la entrega de uno mismo explorando las miles de posibilidades contenidas dentro de un mármol que llamamos cuerpo. En el caso de la música, el ritmo con que se nos presenta es como nos ocurren los latidos que empujan a crear la propia sinfonía corporal, mientras que los pies, desnudando su propio escenario y alterando la luz interna, proyectan sólo algunas pocas sombras. Como melodía, vemos arrojado al otro que interpretando el estruendo o el silencio interno, es como devela aquella atmósfera que traspasa lo propio y recubre de intimidad a un auditorio sumergido en el asombro, atendiendo a cada gesto y a cada rincón de un escenario vacío, lleno de personas entregadas a explorar su sensibilidad bien sincronizada con la mínima expresión. Y fue este evento el que, mediante un camino trazado por la rigurosidad del tempo y la afectividad, condujo a cada espectador a un ritual en que la iniciación consistía en mostrar una nueva manera de sentir lo que cotidianamente está ahí. El encanto de Byrne estriba en mantener a todos pendientes del siguiente paso, que improvisadamente, estaba perfectamente medido, desintegrando espacios y construyendo hogares entre desconocidos que no compartía nada, excepto el  mágico recordatorio de estar vivos.