¿Recuerdas cuando mi primer angustia se hizo presente al momento de cuestionarme la literalidad de tus expresiones? Entre juegos paranoicos y una que otra pedrada, me gustaba que pudiéramos merodear entre las implicaciones del lenguaje; de lo que se habla y de lo que se calla dibujando Arcimboldos o imitando nuestro movimiento frente a los espejos de Benjamin y Wittgenstein. ¿Qué tenían que ver uno con el otro? En apariencia, quizá nada, pero justo es en esa apariencia donde se atora un juego que nosotros nos encargábamos de desenredar, haciendo de las palabras cuerdas libres de su propia atadura, cargando con un significado propio: el nuestro.

Luego estaban las balas y su irreversible dolor, una vez hecha la herida en la boca del estómago. Ideas, afectos, sensaciones, todos ellos vueltos municiones de metal capaces de traspasar cualquier caparazón, como cuando dices «te amo» o «no te vayas». Invencibles ellas, todas las palabras, juegan con nosotros todo el tiempo; compresoras de un aire interno nos dejan seca el alma al abalanzarse sobre otros cuerpos, a los que con afilada expectativa de afección, vulnerar significa haber ganado la partida, mientras se ha perdido la guerra.